Douglas Tompkins

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(Fotografía: Cascada Travel)

Conocí a Douglas Tompkins el año 1995 en su parque Pumalín al sur de Chile, en la Patagonia. Qué curioso que muera exactamente donde me invitó a navegar y no pudimos por coordinaciones. Era en la parte norte del Lago General Carrera, lugar que cuando conocí, sus descripciones no alcanzaron a dimensionar tanta belleza. Luego lo volví a ver en la ciudad de Coyhaique para ver si se unía a un proyecto que participaba por esos años… grandes años, años de sueños, como los que él llevaba en su corazón.
Polémico por llevar la ilusión de creer en el paraíso, y polémico por haber hecho la fortuna para gastarla en lo que quería. Nunca quiso apoderarse de nada, pero si cuidar el sentido profundo de la belleza y la fragilidad de la naturaleza.
No tuve su dinero, pero con su dinero acaudaló un sueño de un lugar paradisiaco que recién hoy se conoce en magnitud. Yo tengo sueños, y los cuido para que sean belleza de todos.  Coincidimos, y me siento parte de algo que no se muy bien qué es, pero se nos ofrece para todos de alguna manera. Douglas Tompkins trasciende en su sueño. Qué ejemplo, qué valor de perseverar en un camino que no tiene fin. Qué delicia disfrutar lo que más te gusta. Qué dignidad y qué hermoso momento donde se vuelve eterno en forma de arcoiris, colibrí o lluvia. Porque ahora no camina por senderos, ahora vuela por la conciencia y el espíritu del bosque profundo.
Vivir con causa y morir en el sueño. Se me hace mi lema, me inspiro en este día y, sin sentir pena por su muerte encontrada en su máxima pasión y ley, comprendo hoy la profundidad de su sentido, porque me he vuelto una causa. Vivir con causa y morir en el sueño. Buen viaje y retorno al confín de lo puro. Gracias por permitir conocerte Douglas Tompkins. Allá vamos.

Tigre

por Annaira Diaz de Ravago
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Buscaba algo y me fui de viaje. Fue uno de los primeros viajes que decidí realizar sola en mi vida. De esos que uno está en búsqueda de sentido. Quería un viaje que me llevara a ver Elefantes, estas criaturas gigantes llenas de tanta historia, tan místicos y emblemáticos. Conectarme con ellos.
En Tailandia todos te ofrecen tours. No sabes dónde ir y en quién confiar. En silencio, como si tu corazón te hablara, seguí la ruta de las sorpresas, hasta encontrarme con el tigre. Al llegar frente a tanta nobleza y asombro, las palabras no aparecían en mi garganta. Sólo sentí que estaba frente a la sensación de Paz en mi interior. Comprendí que luego de viajar tantas horas, tantos transbordos, tanta incertidumbre en hoteles y traducciones de idiomas diversos, llegaba el momento de la sorpresa que me ofrecía ese silencio y emoción de estar allí.
Estar allí fue un gran aprendizaje. La Paz es simplemente estar allí. Tomar conciencia que, sin crear la intención de algo específico, siempre los caminos se encargan de ofrecerte estos momentos. La emoción aún late en mi pecho cada vez que lo describo.
Rodeada de tigres, pude tocar los límites de la belleza. ¿Hay algo mas superior que belleza?. Sí, definitivamente en ese instante conocí lo Sublime.
La historia tiene su emoción aparte. Cuando llegué a este parque, me enteré que el tour que había pagado no incluía estar en la jaula con los tigres. Entonces, simplemente me conformé con la presencia de estar allí, y dejé que mi amiga de viaje sería la privilegiada y mi rol sería tomar sus fotografías. Era confuso, por un lado la emoción de estar, pero por otro, la tristeza de no poder acceder a tocar su piel. Por algo suceden las cosas. Comencé a mirar alrededor y me fui sorprendiendo de este sitio tan increíble, lleno de árboles preciosos, monjes meditando, voluntarios de todos los países del mundo encargados de cuidar a los tigres. Sólo me conformé en dar Gracias por esta oportunidad.
Cómo habrá sido mi rostro de frustración y pena, que aparece una voluntaria y me ofrece tomarme una foto junto al gran tigre. Allí aparece el milagro: me deja entrar. La emoción galopaba en mi corazón. Miré al tigre, respiraba y me miraba. Era un momento muy real en mi vida. Yo frente al tigre. Lo abracé, lo sentí, me sintió. Respiré. Respiró. Me emocioné. Rugió.
La magia existe, y aparece cuando menos lo esperas. En este caso, cuando buscaba el camino que me llevara obsesivamente a los elefantes, aparece este regalo de la vida. Aprendí que al entregarme y conectarme a los caminos del corazón, éste siempre te lleva a la siguiente maravilla.
Al día siguiente pude estar junto a los elefantes, pero todavía iba muda de la emoción del tigre.

Angol

Por Fernando Araya Urquiza

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Quedé con el viaje en la retina. Quedé con la sensación de caminar despacio y en silencio. Quedé con la resolana del sol al amanecer golpeando el vidrio humedecido de cualquier autobús que me lleve a cualquier lugar donde encontrarme con tu abrazo.
Viajo para encontrarnos. Viajo para abrazarte. Viajo para que tu corazón toque mi corazón y nos reconozcamos en el pulso de nuestra sien. Viajo con el mapa, con los gorriones cantando y el perro de campo que ladra en la mañana rompiendo ese frío bajo cero, luego de su agitado trote tras la rueda del patrullero de la comisaría rural. No me quedé en el sueño, sino alistado para nuevamente partir, porque un viaje no es el último, siempre anima al siguiente. Y hago viajes junto a quien me escucha y yo lo escucho, viajes de pocas palabras, viajes de búsqueda de sentidos de vida, viajes de almas que se reencuentran en este mundo. Viajes para saludar en su inicio y despedirse en su final.
Y cuando los cansados árboles agiten sus hojas como despedida de la noche, el viento hará que sea eterno el batir de su esperanza, y nos traiga las nubes cargadas de lluvia de Angol, que nos recuerda el olor a leña, al vino servido en la mesa del bar, al paso sonoro por piedritas crujientes del camino de tierra, llenando de barro nuestros zapatos. Somos de esos que caminamos los pueblos de los recuerdos. Somos los que entramos a patadas en villorrios dormidos. Somos los que alojamos en el Hotel Nube para despertar sobre una cama crujiente, y sus resortes nos animen a sentir que estamos vivos.

Jugando en Chavín

Por Carlos Bambarén Guzmán
chavin Con mi familia siempre hacemos viajes al interior del país. Fijamos un destino y zarpamos en busqueda de un nuevo paisaje, de un salir de la cotidianidad. Este año nos decidimos por Chavín, paraje desconocido por los integrantes de la travesía. Maletas en la camioneta, nos enrumbamos directo al destino.
En el camino, para hacer lúdico el recorrido, enlistamos a modo de juego nuestros “pendientes en la vida”: viajes por hacer, saltos en paracaídas y profesiones soñadas fueron algunas de las cosas que resaltaron de la nomina. Yo mencioné tocar nieve, un deseo que llevaba un buen tiempo en mi cabeza.
Llegar a Chavin y ver su hermosa plaza, alumbrada por faroles y los colores de la bunganbilias, es más que una grata bienvenida. Comparable nomas al posterior manto de estrellas en la noche, la perfecta indicación de que la nublada Lima había quedado atrás. ¿Cómo cambiaría nuestro existir si por las noches tuviéramos este firmamento?.
Igual de increíble fue el acostarse, obligados por un apagón repentino en el pueblo. La oscuridad era total, palpable, no veía ni mi propia nariz. Lo inconcebible fue lo que me costó dormir Tan desacostumbrado a la negrura natural que cuando esta se presentó me incomodó. Más pautas de lo necesario que es alejarse de la ciudad, para volver a nuestro origen y reacomodarnos a él.
Al día siguiente hicimos la visita obligada al centro Chavín de Huántar, y la hicimos de noche. Un monumento arqueológico colosal, que se mantiene firme, de pie, venciendo los siglos y los huaycos. Hicimos el recorrido como jugando, por nuestra cuenta y sin guías. Nos adentramos en la compleja red de caminos y galerías, yendo cada vez más profundo. La claustrofobia apareció y me hizo temblar, pero fue rápidamente vencida por la curiosidad y por el estar ahí. Mi niño interior se sintió cómodo en el laberinto, se sintió en casa. Más abajo aparece el imponente y divino lanzón, que nos dio la bienvenida y su permiso. Al salir, las cabezas clavas se despiden de nosotros con una sonrisa de oreja a oreja, sus filosos dientes resaltan.
Para finalizar, una ceremonia chamánica nos esperaba en las afueras del lugar. Recordándonos que la magia se hace en forma de ritual, se hace jugando para que tenga efecto.
Esto recién lo entendí de regreso, ya en la carretera, cuando al dar la vuelta en una curva un campo de nieve apareció. La sorpresa fue mayúscula, bajé del carro en movimiento, en la radio sonaba “chariots of fire”, corrí. Pisé la nieve, la sentí, la toqué con las manos y la agarré, hice una bola y la lancé. La guerra comenzó.
Fue jugando, al comienzo del viaje como conseguí que un sueño se realizara. Fue jugando en el monumento como me sentí más cómodo y enrumbado, superando temores y aumentando el coraje, las ganas y el disfrute. Y es que al parecer el juego permite al agua hacer germinar la semilla.