La infame vergüenza tiene sus laberintos cuando nos delata en medio de la realidad, y quedamos con el pudor del juicio público, que la mayor de las veces sucede sólo en nuestros supuestos. Hay quienes la saben llevar bien, haciendo de la vida como si nada ocurriera, con un desplante descarado de desaparecer de una situación convulsa y aparecer en otra con la sonrisa de siempre. Es un arte. Es una fuerza poderosa.
Hoy traigo tres ejemplos. Un amigo siente mucha vergüenza de dejar de ser quien era en el mundo donde, en el pasado reciente fue muy reconocido, negando con pudor lo que su fuerza interior le pide, haciendo esfuerzos sobrehumanos de mantenerse vigente en donde ya no es necesario ni importante, con tal de negar el pudor del juicio público de dedicarse a lo que mejor domina en el arte del encantamiento, la belleza interior y la sensibilidad artística. Estudia con la mente con tal de apagar la poesía que lleva dentro, ya que el soldado en su interior le prohíbe cruzar a la línea que lo pone en el lugar incorrecto de su honor, cuando su desenfreno, su poder y sensibilidad pudiera dar por superado el añejo pasado, para dedicarse a la transformación de las personas desde el arte.
Una niña pequeña es descubierta en su furia y su dolor interior cuando, con desenfreno y plena conciencia, provoca la crisis y un gran conflicto en casa con tal de desatar el caos, sólo para liberar la ansiedad que la atrapa por dentro. Aprendió a enemistar a todos. Aprendió a manipular todo el argumento con tal de quedar como la víctima, pero esta vez, la evidencia dice que llegó a un límite y de víctima pasó a ocupar el papel de culpable porque sus laberintos internos, esta vez, no cuidaron los detalles de la narración, exponiéndose, y no cabe duda que, no era necesario romper las cosas de la mesa, gritar para ser víctima de la supuesta violencia y reclamar los dolores de golpes no recibidos, haciendo el teatro sin ensayo, para que, frente a quien necesitaba guardar todas las composturas de perfección, de belleza, de bondad y nobleza, se cayeran como un castillo de naipes en un par de segundos. Ahora el pudor la acusa por dentro luchando contra la gran lección e intentando que el tiempo desfigure los hechos para a ver si consigue cambiar la historia vivida.
Una noche, repasamos vivencias y florece la vergüenza cuando en aquellos tiempos, la inocencia o la ambición hicieron que la historia se escribiera de determinada manera. Ya sabemos que el pasado no cambia por más que quieran nuestras intenciones. El pasado se entiende de otra manera, y a veces el pudor a altas horas de la madrugada nos ofrece eso que intentamos desaparecer, o transformar, arrepiando el cuerpo, creando diálogos que pronunciamos en la oscuridad, movimientos involuntarios, mientas perdemos la mirada en las luces de la calle.
La vergüenza es sabia, y nos regala aquello que recordaremos siempre, y que sea lo que sea, aquel que se avergüenza o deja pasar con maestría, estará allí para marcar esas señales sobre algunas determinadas emociones, esperando que pasemos nuevamente por allí. Digo todo esto porque son tiempos de vergüenzas, de esas que enseñan, de esas que repasan, de esas que advierten, que amenazan, que atormentan, que lastiman, que entristecen. Pero sobretodo, remecen el cuerpo, creyendo que vamos enseñando el pudor que sentimos, cuando la vergüenza sólo habita en nuestro interior. Y ya sabemos que al menos el 80% de lo que pensamos no sucede realmente, haciendo la parodia que otra vez hemos sido delatados, descubiertos, ofendidos, maltratados o humillados. A ver si podemos darle amor a esos recuerdos, ternuras y abrazos, palabras dulces donde quedó el amargo. Porque creo que tenemos que aprender de los que cuentan sus cosas con desfachatez: a veces explican cosas que no se tienen que contar, pero aprenden a describirlo con tanta ternura en su tono de voz, que el gran drama parece un dulce cuento con anécdotas que narramos como enseñanzas. Un gesto hace lo mismo. Un cariño cubre lo que el pudor no deja ver.

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