Creer en mi

Se que puede ayudarte esta confesión que expreso a continuación, porque quiero que sepas que demoré en creer en mi. Dudé muchas veces al intentar ser a través de los demás. Vivir para otros fue mi gran desafío, y lo intenté con mucha fuerza, porque el juego social de las expectativas terminó condicionando mis novatas esencias, donde sólo en ese entonces tenía permiso a ser auténtico cuando nada afectara a los otros. Hoy comprendo que es todo lo contrario, pues somos auténticos cuando podemos ofrecer lo propio después de comprender que todas las experiencias enseñan a Ser y Hacer lo que en verdad sentimos y creemos, sin tener la obligación de actuar para quien creemos que tiene que aprobarnos o amarnos.

También, entendía erradamente que había que ganarse el amor y el cariño con actos que cumplieran expectativas, especialmente de quien exigía atención en vez de darla, al criticar permanentemente los defectos que no eran tales con tal de cumplir con sus expectativas, teniendo que aprender de malas maneras que para recibir tenía que poner al otro en el centro de mi vida. Lo mismo comprendí de la pareja, los conocidos, los profesores, los colegas que también eran de esa mayoría que sólo exigía lo predecible, relegándome a ser tal cual era a los muy pocos que aceptaban mi forma de ser, de cantar, de vivir en las mágicas fantasías que después terminarían siendo muy importantes, porque fueron la base de las profundas creencias que mueven mi presente. Aquí hay que agradecer la paciencia de amigos del alma que están allí, cada uno en su forma. Pero sentía culpa de decepcionar al resto, y esto me condicionó como sólo una dictadura severa puede convencernos de estar equivocados y que debemos creer lo que se define como “correcto”. Aún así, me escondí en travesuras y locuras teatrales que construyeron un personaje que resultó ser muy entretenido, y me gustó ser aquel que no era, porque tenía permiso para ser sin cuestiones.

Hoy concluyo que la vehemencia con que decidí todo lo que vino después, hizo que se impusiera el quien soy. Allí comienza aquel momento en donde salgo de la caja con la destrucción, el horror y la furia de los decepcionados. Lo lamento mucho, pues así son las poderosas razones del corazón cuando no aguanta más. Y sin nada, sin apoyos, lleno de prejuicios ladrando alrededor, no tuve otra cosa que creer en quien era. Allí comenzó el largo camino de creer en mi.

Hace poco, y después de una conversación con personas que viajan en el alma, confirmé que podía tener valor, contradiciendo aquella educación en esa sociedad donde el valor lo tienen otros, los capaces son otros, los fascinantes son otros. Entonces, creía que valía poco, y afectó lo que era capaz de crear y de dar con sinceridad, pues creía que lo más simple y sincero no tenía que cobrarse, pues los que cobran son esos otros que no soy yo. Y después de mucho apoyo, de mucho amor y ternura de personas muy sinceras y sabias, entendí de golpe que conseguí logros y bienestar por mi fuerza y mi capacidad, que pude darme el permiso a equivocarme, que pude construir opinión, verdad y creencias que hoy son las bases de las utopias y ambiciones que impulsan mi vida, como también el principio de lo que hago como labor y que me entrego con toda honestidad ayudando a quién se quiere ayudar.

Creer y sentir valor no obliga a exigir o creer que merecemos rodearnos de otros en igual condición, pues justamente eso haría lo contrario, y desvalorizaría a quien intenta ser propio de sí. Porque cada cual construye su propia manera de ser y es eso lo que merece mayor respeto, especialmente los que se buscan a sí mismos y toman su tiempo, ya que muchos no ven los caminos, sino que usan los ojos para enjuiciar con prejuicios a quien elige otros senderos, olvidando que ser propio, creer en uno mismo, es el poder más sagrado con que comienza la otra parte de la vida.

Cuando llego a estas convicciones, posiblemente me declaro ser quien disfruta y se deleita de ser quien soy, y a su vez no me permito volver a actuar para esconder o para negar lo que soy realmente, y comprendo que todos los disfraces y las actuaciones del pasado fueron necesarias, y que gran parte de esos personajes que fui, era yo mismo en una versión literaria, donde arrepentirme o avergonzarme sería negar la mirad que he inventado, porque es donde vivo en calma para decidir el futuro que quiero vivir, sin negar las esencias que he aprendido en forma de poesía, ya que fue lo que me hizo cariño en las desoladas noches del alma. Con esto, reconozco que tal vez no he llegado a ninguna parte, pues también aprendí que no hay destinos, sino caminos que se viven. Y que el orgullo de ser no es un lugar ni una posesión, sino un amor que se levanta todas las mañanas para vivir con la fuerza que determina los tiempos que corren, viviendo el amor con quien amo y construyo diariamente esa otra mitad tan llena de delicias.

Eso sí, cuando uno cree en sí mismo, sabes lo que quieres y sólo vives en el calmo poder de disfrutar de lo simple, que a su vez es profundo, pero sin confundir que ese amor propio se mueve entre dos danzas, donde separamos la pasión de lo amoroso. Y esto es muy importante, y me gustaría que lo sepas: la pasión mueve las montañas como si fuera una energía que necesita ese dar y recibir honesto, sin condiciones ni caprichos, tal como lo hace una danza, donde no es fuerza, sino gracia para compartir ese calor que llevo y llevas por dentro. Y que el amor es esa admiración del que realmente eres, y sólo aceptas eso de quien está dispuesto a dejarse admirar, porque así también aprendes a ser admirado con cariño, con respeto, con entereza y con calma. Porque no se trata de la necesidad del ego ni de aplausos o pasiones desenfrenadas que brillan por segundos, sino se trata de entender que para ser y creer en ti, tienes que vivir en una celebración permanente, donde no se mide los asuntos con “cuánto”, sino con detalles que se agigantan sólo en el silencio del corazón que no piensa, sino sólo vive de sentimientos y corazonadas.

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