Cuando tomamos en serio que enseñar es heredar, nos asusta entregar nuestros conocimientos a quien nos puede reemplazar y superar, bajándonos de la fama y de la vanagloria del falso héroe. Y a su vez, cuando entendemos que saber nos vuelve responsables, nos obliga a pensar para concluir y decidir hacia lo que va delante. Pero nos da pereza, porque tenemos la impresión que progresar es mucho trabajo y fuerza, porque nos fueron entrenando para que busquemos lo fácil, la fiesta eterna y la imagen perfecta para agradar a otros con lo efímero, lo fugaz, lo que brilla un par de segundos, teniendo al mercado que nos alienta a consumir más brillantinas para brillar otra vez.
Me asombra que en el mundo del trabajo, la decepción al progreso por el camino del esfuerzo y la paciencia se haya reemplazado por promesas de facilismo para ganar antes de tiempo lo que no sabremos administrar. Se ha relegado al saber por las causas anteriores, porque saber entrega un poder a quien sí tiene ganas de crecer y progresar, pero es más fácil repetir lo que no hemos estudiado, copiar lo que otros aprendieron para decirlo de tal manera que parezca un hallazgo personal, sin la convicción de un saber que podría llevarnos a abrir más puertas.
Y el enseñar el amor, y aprenderlo, pasa por el mismo camino. Y no necesitamos fracasar para aprender que los sentimientos no es la dedicación al lamento del otro, sino que el amor pasa por dejar de lado la búsqueda del éxito personal para poner atención al otro que camina por sus propias decisiones, admirando la manera, la forma y el sentido que le da a su vida. Pero enseñarlo, aleja lo simplista de mal entender que el amor es pasión, y sólo necesitamos más y más experiencias diarias de cosas extremas para sentir que amamos, y cuando la vida se cansa o el dinero se acaba, la pasión deja espacio a la reflexión, que nos da pereza, porque habrá que preguntarse y entenderse en el vacío de la ignorancia que no sabe reflexionar ni decidir por uno, sino que nos entrenaron a que otros decidan por mi, contratando coach o psicólogos que nos digan qué hacer y qué decir.
El saber no ocupa espacio. Y el aprender a jugar solos, nos entrena a buscar. ¿Buscar qué? ¿Respuestas? No necesariamente, porque las respuestas son fórmulas que olvidan los contextos. Cuando uno aprende a buscar, aprende a dedicarse en la curiosidad a seguir pistas que enseñan. Vas conociendo a otros que saben más, y aprendes de sus conversaciones, donde sólo tenemos que aprender a escuchar. Vas compartiendo tus ideas y nutriéndolas con las ideas de otros, haciendo equipo. La pasión del saber racional y sentimental, no es correr por ganar algo en el menor tiempo posible, sino sentir que hay un interés tan dulce y motivante, que decides ir de a poco para mañana ir por más.
Al final, aprender y la educación creo que pasa por una crisis profunda porque los comerciantes de la inmediatez han sembrado la ignorancia del facilismo como un producto de éxito para ganarle al que elige caminos largos, evitando falsamente el sufrir o el tormento de dedicarse con voluntad y fuerza. Y cuando tenemos generaciones de ignorantes que creen lo mismo, obliga a preguntarse si el sistema por el que nos organizamos, nos enamoramos, convivimos, compartimos, crecemos y amamos da respuestas satisfactorias a una muchedumbre que ha aprendido cosas contrarias a las que nos prometimos enseñar para el progreso de mañana, tal vez con más tecnologías y más amplitud de horizontes, pero con la destreza de entender que nada es instantáneo y que, como las semillas, maduran y crecen antes de volver a ser un árbol que de frutos.
Y por último, lo más preocupante, tal como dice Noam Chomsky: “La educación no consiste en memorizar que Hitler asesinó a 6 millones de judíos. La educación consiste en comprender cómo millones de alemanes comunes estaban convencidos de que era necesario. La educación consiste en aprender a detectar las señales de que la historia se repite.” Y estamos en la mayor repetición de ignorancia que se enfrenta a la mayor forma de progreso humano acerca de la inteligencia, los sentimientos y la profundidad de trascendencia. Y lo anterior no llega a dar respuestas como la religión, las universidades o la educación tradicional del repetir conocimientos que servían hace 30 años atrás. Hoy, la ignorancia vende inmediatez y valores que nos permitan aceptar y considerar cotidiano el horror de ser insensibles y carentes ante los desastres de nuestros vecinos, de nuestra ciudad, de nuestro mundo, sólo porque nos da pereza. Y esa pereza propone dedicarse y tener opinión. Y cuando la tenemos asumimos una posición y un compromiso que, por el hecho de saber, algún poder nos puede hacer creer que estamos en el lado equivocado de la historia, y como aprendimos a parecernos todos con todos, no queremos ser los outsider que obliga a defender lo que a los ignorantes les parece ridículo.
Da pereza enseñar a quien no quiere aprender, a quien no aprendió en su casa a saber más, no tuvo ejemplos de buscadores de temas y fascinaciones porque no había tiempo o dinero. Da pereza enseñar a quien concluyó que el esfuerzo no hizo felices a sus padres y que no consiguieron todo lo que me exigieron para tener progreso y fama, porque simplemente ellos no lo consiguieron. Da pereza enseñar a quien podemos reconocer más astuto y con capacidades extraordinarias de aprender, porque podría superarnos, podría dejarnos inválidos en el camino corporativo del progreso colaborativo, sino más bien, se fomenta la ignorancia para destacar quien sólo conoce 5 letras más que los demás. Da pereza que el enseñar y el saber terminó siendo un producto de mercado, donde no se promueve la excelencia, sino la inmediatez de lo que sólo se consigue con paciencia, dedicación, motivación (esfuerzo) y amor propio.
Así estamos.

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