Mientras sigamos midiendo la escasez, seguiremos enseñando a los niños a ser consumidores, para que a través del consumo, entiendan falsamente que así se apaga la sed de la pobreza, de la angustia, de la intranquilidad y la incerteza. La escasez sólo mide lo que podría faltarnos, cuando lo que nos anima y nos da paz, satisfacción y visión de ambición, es la sensación de saber que nos tenemos a nosotros mismos, y tenemos una comunidad que nos abraza. Uno elige a quien abrazar, y a eso le llamamos “hogar”, ya que es el lugar donde no sentimos la necesidad de huir. Cada uno lleva su propia abundancia. Y cada cual decide qué es esencial para la vida de cada cual.
Cuando sólo aprendimos a consumir y a entender que el consumo es lo único importante, creemos que tener es una intranquilidad que se acabará si no hacemos algo. Aprendimos a tener temor a perder. Aprendimos falsamente que la carencia es una forma de ser discriminados. Aprendimos que se nos cierran las puertas. Allí nos enseñaron que tendremos que ser los mejores para volver a abrir las puertas que nuestras posibilidades de escasez nos cerraron al nacer. Y fuimos obedientes —o desobedientes— hasta comprender que ser los mejores no ofrece nada, porque le falta una palabra a aquella afirmación: en vez de decir “ser los mejores”, aprendí que la versión más real es “dar nuestro mejor”. Si fuera la excelencia la llave del éxito, entonces ¿por qué nuestros padres, con mucho esfuerzo y sacrificio, intentaron ser los mejores, y aún así no consiguieron la felicidad, la calma, la paz y la capacidad de plenitud? ¿Por qué sólo consiguieron ser conformistas, tristes, angustiados, ocupados y distantes de los sentimientos de alegría que reconocen y valoran lo que son capaces de hacer los niños alguna vez en su vida? Creo que creyeron en la lealtad de ser partes de una cadena que los empobreció y los envejeció sin poder entender que la única forma de ser abundantes es creer en la abundancia y no en la escasez. Y que la abundancia —como los tesoros— nunca están en el jardín de tu casa. Siempre están más allá de lo conocido, están fuera del territorio de la tradición y sólo a través del atrevimiento, e incluso de la vehemencia, se inicia un camino muy diferente, porque allí sólo tienes tu confianza interior, tus sueños, tu propia voz que te anima a confiar en lo que tienes, y no dudar de lo que podrías sentir como propio.
Tal vez, nadie nos enseñó la ambición, la que va dentro, la que nos realiza. Yo tuve que aprenderla cuando salí de lo que encajaba y permitía ser parecido a las expectativas de quienes me formaron. Tuve maestros que me contagiaron su ímpetu para madurar mi vehemencia con la que alimenté mis sueños que, cuando crees en ellos, siempre habrá que inventar provisoriamente falsas ideas, mentiras o ilusiones para que el camino pueda volverse real. “Cada mentira que te cuentas a ti mismo tendrás que reemplazarla por escalones de verdades propias, ya que la verdad no existe, y aquella sensación de certeza, será tu versión de tu propio camino”, me dijo el más sabio de todos.
Viví el desprestigio. Viví la crítica, los tormentos y enojos de quienes deberían amar y apoyar. Y cuando vives esperando, comprendes que estamos solos frente a nuestro destino. Me decepcionaron profundamente aquellas voces, y el girar y dar la espalda a los que opinaban y ofrecían sus negaciones, fue la mejor decisión que he tomado en mi vida. La desobediencia y la riqueza de tenerme con toda mi propia confianza, han sido siempre mis mejores compañeros de vida. Cuando te proteges en tus propias fuerzas, por más fuertes o frágiles que parezcan, siempre encuentras el camino, mientras te mantengas fiel a tus sueños y propias creencias, por sobre el desprestigio y dudas de quienes aún te señalan con el dedo. Pueden quedarse con el brazo levantado, mientras sólo sigo hacia el asombroso mundo que cada uno se inventa y habita en el largo viaje por la abundancia de sabernos propios de nosotros mismos.
Y para terminar, siempre sonrío al darme cuenta que no he llegado a ninguna parte, porque los destinos no existen, sólo hay caminos con paisajes. Y la riqueza que uno lleva dentro de sí contagia y atrae a la abundancia que nos rodea, confirmando que no es ni mucho ni poco, sino lo suficiente para poder ser testigos de que el sueño nunca se acaba cuando pones la fuerza en un sólo punto. Cuando uno es pleno, el dinero llega solo, porque el dinero llega sólo a quien es leal a sus sueños. Y te vas rodeando de amistades profundas, de amores sagrados, de vivencias enriquecedoras, de satisfacciones de no haber dejado pasar ninguna oportunidad para el final, porque quien guarda para después sólo revela que no tiene plan para el mañana, sino emergencias, escasez y miedo a perder algo que no sabe si lo tiene o no. Porque se sigue midiendo con la vara de los otros para sentir que puede ser el menos o el más carente al momento de que la voz interior hable de lo vivido y conquistado. Y luego sólo queda guardar las apariencias, las anécdotas vacías y sin gracia, porque no habla de su riqueza, sino del pasar carente del desvencijado tiempo que no pudo revelarse para cuando esa revelación se vuelve sagrada. Aprendí de la voz de la tía Cristina, que en mi infancia me contó el cuento de quien todos los días decía: “he comido mejor que el Rey”, que por decirlo fue encarcelado y condenado a la miseria del pan duro y el agua, y que a pesar de ello, terminaba las duras migas repitiendo su mantra de que ha comido mejor que el Rey. Aprender de la desobediencia nos hace abundantes al ser tratados como locos, pues la gran riqueza de quien enloquece es que nunca decepciona al gran sueño que nos espera.
Disculpen el arrebato y la escritura tan llena de emociones. Pero hoy celebro la abundancia, la que me hace beber agua en una copa de color con la alegría de un gran brindis. Brindo por ti, y por nosotros.

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