Olvidaste el verdadero lujo

El lujo no está en lo que puedes comprar, sino en lo que te permites dejar pasar y en lo inútil que no se puede medir, pero lo olvidaste. Sabes que el tiempo no produce nada porque el tiempo es una medida que hace que las cosas valiosas ganen valor cuando esas cosas se dedican a la sensibilidad y la comprensión de que están para emocionar, y están llenas de detalles que nadie verá, como si el silencio existiera sin pedir permiso. Y claro, esto perturba porque llevamos unos años entrenados para medir todo, no sólo la rentabilidad, sino todas las cantidades que te dicen que las cosas existen porque se pueden contar: los resultados, los pasos a seguir y el retorno después de una cantidad de acciones.

Olvidaste lo esencial porque ahora crees que lo que no se puede contar, entender o justificar, desaparece o no tiene valor. Como si el valor existiera en la naturaleza, como si pudiéramos tocarlo con las manos. ¿Nunca has pensado en todo lo que hay detrás del agua caliente en tu casa? ¿Has puesto atención a los detalles y la calidad de tus zapatos? ¿Puedes dedicarte un momento con atención al decorado de tus vasos, a los detalles de lo hecho a mano? El lujo no está en un lugar, es una sensación que está en los detalles cuando son apreciados, valorados y disfrutados. Por eso, en verdad no se vende el lujo como tal, sino que el verdadero se crea cuando consigues darte cuenta que lo más inútil tiene belleza —o lo hecho con mucha dedicación y delicadeza—, conteniendo detalles que son imposibles de cuantificar.

Se que has aprendido malamente que lo que es rápido y caro se vende más, porque creemos que lo lujoso es lo instantáneo, lo que es inmediato. Y fuiste entrenado para que valores aquello express porque podrás comprarlo nuevamente. Pero eso en la vida real, aquella cotidiana donde vives respirando y en conciencia, lo único que añoras y que realmente valoras es la pausa, porque la pausa emociona, y comprendes que lo rápido vende, y en la venta o en la compra no hay satisfacción, por lo tanto no hay lujo. El lujo no es obtener ni lucir. El lujo es detenerse para emocionarse y asombrarse con lo que hizo que te detengas para disfrutar los detalles. Por lo que vas recordando que el lujo no es lo que se exhibe, sino lo que guardas para ti, en lo íntimo, en lo que te apodera de sensaciones cuando observas detalles, cualidades y calidades, lo que aparece ordenado con delicadeza y sensibilidad, lo que está hecho por alguien con dedicación.

El olvido a la pausa es la causa de todo lo que no termina de alegrarte, lo que no consigue valorar tus logros, el pensar y reflexionar el cómo hiciste para llegar donde estás. No proteges la pausa, por lo que no puedes cuidar de ti ni de tus relaciones, de tus aliados, de tus clientes, de tus amigos, de tu familia, de tu calidad personal que permite sentirte pleno, aquella sensación de satisfacción donde nada sobra y nada falta. Porque cuando no hay pausa, tu ojo ve la prisa y lo que encandila con brillantinas baratas, lo del otro, la rapidez, la cantidad que explica falsamente el por qué los demás consiguen compañía, cosas de calidad, vivencias que tienen gran significado y creencias que dan calma y visión para decidir el futuro.

Cuando todo tu hacer tiene prisa, dejas morir las claves invisibles que vuelven a recordarte que fue la calma lo que permitió que crecieras en tus primeros meses de vida. Tu oficio, profesionalismo, tu capacidad de decidir el lujo de tu vida, pierde sensibilidad y alma, volviéndose vacío y sin sentido cada objeto, cada paso, cada relación, cada realización que hagas, porque el lujo no está en la calidad de tu ropa, ni en los vecinos que te rodean, ni en la marca de tu reloj, sino en la sensación que sientes cuando usas, trabajas, conversas o disfrutas algo donde siempre eres consciente de los detalles invisibles que hacen posible cada cosa que tocas, que vives, que disfrutas y que creas. Por eso en un ambiente rústico, en diferentes momentos del día, la luz hace que tus objetos, tus espacios, tus detalles estén disponibles para la pausa, y es esa pausa la que invita a detenerse y vivir en ella, y luego ya puedes decir que vives en el verdadero lujo, donde tal vez tu casa, tus muebles, tus platos no son de una marca determinada, pero al estar dispuestos con alma, belleza espiritual de agrado, florece el lujo, el verdadero lujo.

Ya recuerdas que el lujo es el sabor y no el restaurante. Es el aroma y no la marca del perfume. Es el color del sol entrando por la ventana y no el decorador de renombre. Es la textura del tejido y no la marca de tu ropa. Es la disposición a tener conciencia y alma, lo que anima y da vida a esa intimidad que llamas lujo.

Entonces, ahora recuerdas que el olvido hizo que desprecies lo inútil y lo lento porque no se puede medir. Cuando lo que se mide no tiene alma, no tiene sensaciones ni compañías valiosas. La extrema calidad y el lujo es lo que lleva tiempo, detalles, cuidados y silencio, haciendo que el lujo no esté en lo que puedes comprar, sino en lo que te permites dejar pasar y fluir en silencio.

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