Las pruebas del éxito

Aquí una historia que nos recuerda lo importante de llevar —como en el Karate—, un cinturón, que es blanco cuando lo ponemos en nuestro cuerpo al momento de ser inexpertos e ingenuos, y que con el tiempo, con el uso, la práctica, la constancia, los errores, las dudas, las incoherencias, y finalmente la madurez, cambia de color a negro, el color de la maestría de la vida.

Quise contarte esta historia porque una amistad me contó que quería vivir la experiencia del Karate. Consideraba que era aprender algo más allá de una disciplina física, y quería vivir eso profundo que daba madurez y entendimiento como el arte del combate oriental. Llegó a un centro de prestigio en Karate, y le explicaron todo. Resaltaron aquello de que, a medida que crecía su dominio y su concentración, tendría que superar unas pruebas para ascender de color su cinturón.

—¿Por qué tengo que dar esas pruebas y ascender, si sólo quiero practicar Karate?—, preguntó.

—Porque así hay un espíritu competitivo y de desafío que marca crecimiento a través del esfuerzo y la capacidad de progreso—, fue la respuesta que le dieron.

—No tengo prisa ni ganas de competir ni demostrar nada, sólo quiero practicar con la mejor dedicación—, fue su respuesta, retirándose respetuosamente.

En la tarde de aquel día, encuentra en una revista cultural el sentido del cinturón negro. Y hablaba de un anciano que practicaba Karate desde muy joven, y que todos los días vestía su atuendo para su práctica, con la curiosidad de que su cinturón nunca había sido lavado. Y con el tiempo, la tela blanca, con los años, se fue volviendo negra.

Mi amiga comprendió en el pequeño texto que la competición era con uno mismo, y que con el tiempo, el cinturón no tenía que ganarse con una demostración de esfuerzo y progreso, sólo el valor del tiempo quedaría estampado en el cinturón que, lentamente a su ritmo, año a año, progreso a progreso personal, iba pasando por varios colores al no ser lavado, hasta llegar a ser negro.

—¡Qué gran lección me he llevado!—, me dice con emoción. —Ya he aprendido que en occidente creemos que el competir con otros nos hace maestros, cuando en verdad la verdadera maestría es con uno mismo.

Encontré tan profunda esta reflexión que nos lleva a reflexionar acerca de la evaluación y la productividad, acerca de cómo en occidente ordenamos las evaluaciones y el aprender, especialmente cuando exigimos pruebas para saber si calificamos o no para merecer el pertenecer o no pertenecer a algún sentimiento, a una amistad, a una pareja, a una posición corporativa, a un clan deportivo, religioso, artístico o de cualquier tipo.