Probablemente hoy te das cuenta que llevas una serie de alianzas que traes del pasado con personas que fueron importantes en su momento, y en este momento comprendes que cambiaste, maduraste y transformaste muchos aspectos de tu vida que, cuando llega el momento de preguntarse por la validez de lo construido en el pasado, sentimos que hay alianzas que han llegado a su final. Como si la continuidad de nuestro camino pasa por poner algunos finales.
Sucede lo mismo con la cercanía a quienes anteriormente fueron fundamentales, como algunos familiares y amistades, miembros y sociedades que estuvieron cuando nos necesitábamos. Y hoy nos preguntamos por aquella cercanía, esa filiación que nos aleja, no porque ahora somos opuestos, sino porque cada uno ha madurado sus asuntos y hemos quedado en lugares diferentes de la realidad, sin tener que cobrarnos nada ni exigirnos alguna cosa. Cada uno hizo lo necesario para que hoy tengamos una certeza que se cumple.
Son días muy duros donde comprendemos que hay alianzas, parentescos, sociedades y compromisos que llegan a su fin. Y no lo hacen por el final, sino por el inicio de nuevas etapas en la vida. Podemos renovarnos al conversar lo distinto en que nos hemos transformado, y sobre esa sinceridad, dar por finalizado una etapa para comenzar una nueva. Damos por vivido todo lo caminado, aprendiendo que hemos aprendido lo sagrado, que crecimos con o sin el permiso del tiempo, y entendimos que hubo un presente para algunas cosas y sentimientos, y hoy es momento para otros.
Son días de silencio para contemplar los nudos de algunas cuerdas que niegan disolverse. Algunas amarras fueron importantes para salvarnos. Y hoy, ya salvados, posiblemente nos unen recuerdos importantes llenos de sentimientos que mantenemos por la nostalgia y no por la finalidad de sentir que son vigentes. Podríamos entender que mantenemos lo que intenta compensar el pasado, a pesar de hoy destruir nuestros ideales, creencias, sentimientos y valores que hemos madurado y sostenemos en el presente. Tal vez afirmas que no es posible convivir con quien ha negado tus nobles intenciones y sentimientos, pero insiste en presentarse como inocente, cuando luego de incendiar la pradera, quiere ser protagonista en nuestra vida. Y llega el momento de dejar en paz con silencio a quien tiene que comprender que su tiempo ha pasado, que su papel está en el honor de algunos momentos anteriores, y que hoy has decidido por la paz y la madurez de tus afirmaciones y sentimientos, y que no permitirás a cualquiera que venga a decirte qué es correcto y qué no. Por eso son días duros, donde comprendemos que ponemos fin a algunas cercanías, y también nos ponen el final en otras, donde mejor retirarnos con la dignidad del silencio.
Habrán otras personas que insistirán. Y tendremos que preguntarnos acerca de cuánto silencio tendremos que dar por todo el ruido que hicieron en su momento. El silencio no es ofensa, es distancia, una que determina cuánto espacio hay entre el que fuimos y el que somos, el infante del maduro, el inocente del cómplice de nuevos futuros.
Ahora, habrá que llenar de vientos el momento presente para que nos impulse al fascinante mundo que nos espera. Más leves, más conscientes, dispuestos a aprender en la siguiente etapa, la que probablemente, quien habita en el futuro, nos guía y nos recuerda en estos días tan llenos de ímpetu, donde pediremos disculpas por nuestras ofensas y agradeceremos por otras partidas que nos alejarán de los que ya no hacen parte de nuestro camino. Siempre nos encontraremos en algún punto de la línea, a veces a la vuelta de la esquina, o después de toda una eternidad.
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