Hay prisiones que son invisibles. Y sin saberlo, puedes ser un dulce prisionero. Son de esas donde quedas atrapado en nombre de tus ambiciones e ideales, de tus compromisos y contratos, donde te conviertes en miembro cuando dejas de ser simpatizante y pasas a ser militante. Quien se fanatiza o se obsesiona, quien vive con total pasión una prisión cualquiera, se siente con el derecho de ubicarse en su realidad, estableciendo lo más rápido posible quién es el contrario, porque de esa manera, puede sentir que está en el lugar correcto de la historia; y no sólo eso, saber decir que está en el lado de los buenos y que los que están del otro lado son los perdidos, los malos, los equivocados.
Y más aún, los prisioneros de celdas decoradas, sienten el derecho de borrar sus actos personales para dar lecciones a los otros —los equivocados— de lo que tienen que hacer y de lo que tienen que arrepentirse.
¿Olvidaste que has criticado con ahínco el sueño más amoroso del otro, con tu opinión que nadie te ha preguntado, destruyendo la ilusión con razones sin corazón, y que a su vez, hieren la voluntad sensible de los demás?
Lo olvidaste. Porque quien está prisionero en su celda invisible, se siente con el poder de tener la razón, y le exige a los demás que se comporten como él cree, en nombre de los buenos contra los malos, en nombre de los que pertenecen y militan lo que declaran como verdadero, en contra de los engañados, los otros.
Y están los libres, los que no obedecen, los que están en su albedrío bañado en sentimientos de agrado y poder, haciendo lo que les plazca porque no representan a nadie, no tienen que comportarse de determinadas maneras. No tienen que creer ni hacer lo que la doctrina les exige, no tienen que vivir la verdad sino su propia versión. Y lo más importante, no guardan la felicidad, sino que la viven a cada segundo, porque mientras más se gasta, más se crea.
Los otros, los que se pierden y traicionan las obediencias, finalmente son los que terminan abriendo el camino, los que inventan y encuentran tesoros en lugares donde nadie ha caminado, llevando sus invenciones a singulares creencias que no necesitan de otros que crean lo mismo, sino que naturalmente conviven en la diversidad sin que nadie les juzgue.
Los prisioneros necesitan de contrarios que les llamen y les obedezcan, que les respeten y los validen para poder ser eternos. Los libres no necesitan de nadie, porque necesitar ya es una prisión, y sentir todos los días que comen mejor que el rey es una libertad ganada que deja a los prisioneros a la espera de lo que los libres quieren para sí mismos.
Elige tus prisiones con la bondad de saber que al final no perteneces a nada, no estás del lado de nadie y no tienes compromisos con nadie, porque vivir para las formas del clan te vuelve un encantador prisionero de lindas fotografías. Elige tus libertades, las que te permites irte sin regresar, las que te autorizas a ti mismo para ser quien quieres ser, sabiendo que mañana serás de otra forma. Las libertades no hacen daño. Son los prisioneros los que ven en la libertad una enfermedad irremediable que les atormenta por no haber encontrado un camino donde la distancia va disolviendo la intensidad de los mensajes. Y atención con la historia oficial, porque está contada sólo por leales prisioneros a causas que les lleva a triunfos y derrotas en nombre de sus prisiones y banderas, en nombre de sus verdades misteriosamente descritas como verdaderas, contra las falsas de quienes erradamente, también pueden pertenecer a la bandera equivocada, a los compromisos equivocados.
Son los libres los que tienen permiso para desaparecer y volverse leyenda. La eternidad es una compasión que flota en la comprensión más amorosa de todo. Ningún prisionero tiene eternidad. Los libres ya adelantan ese entendimiento de no deberle nada a nadie, y no deberse a sí mismos.

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