Sólo decides por lo que crees. Si dudas, la decisión se llama apuesta. Y apostar no cambia tu destino, porque los destinos son certezas que decides antes de mover el rumbo de las cosas. Y se mueven hacia lo que crees profundamente. Sin embargo, la duda tiene una habilidad de proponernos alternativas. Y mientras más raras puedan ser, más opciones tenemos. Lo natural es creer que el presente evolucionará hacia algún destino depurado en el futuro, y que no es tan diferente al presente. Pero no es así. Todo, absolutamente todo, da saltos inesperados que no siguen las rutas de la evolución, sino de la transformación. Allí la duda tiene su papel en tu vida, cuando sueñas con la variedad y la rareza más imposible, para que, desde allí, decidas hacia dónde quieres apuntar tu siguiente asombro.
La vida es tan asombrosa porque siempre da saltos que son choques de quienes decidieron sus destinos, de objetos que decidieron su permanencia, de sentimientos que decidieron sentir con vehemencia, de pasiones que decidieron ser vividas, de misticismos que decidieron ser reverenciados para sentir que estamos acompañados por un más allá que se ofrece en el más acá. La vida es tan asombrosa que sólo puede conducirse cuando decides. Por eso primero necesitas creer. Entender por qué crees en lo que crees, para luego saber por qué haces lo que haces. No podemos arrepentirnos porque la culpa o el retractarte no borra la huella caminada, sino que te confunde. La vida se decide. El amor es una decisión. La abundancia es una decisión. La Fe es una decisión. La soledad es una decisión. La desgracia es una decisión. Finalmente, el futuro es una decisión.
Cree primero. Decide después. El asombro, el sentir, el amor, la calma, la magia está en creer.

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