La comida procesada, chatarra y activada por aditivos, se ha normalizado a tal punto, que cuando eliges aprender de tu alimentación, a nutrirte con comida saludable, a leer los ingredientes y privilegiar todo lo que contenga la menor intervención industrial versus la comida con alto procesamiento, grasas saturadas, y preservantes, es que estás cambiando una manera de pensar, de ser y de vivir. Resultas tan diferente, que todos creen que estás a dieta, cuando sólo has vuelto a lo natural, a lo que debiera ser cotidiano.
Cuando decides concentrarte en los detalles de cada momento, de dar calidad a las vivencias, las emociones y las relaciones con los demás. Cuando decides tener conversaciones de calidad, donde sí te preocupa el bienestar del otro. Cuando decides hacer menos cosas, pero dando lo mejor y la máxima dedicación a la materia que dominas, estás apostando por el alto valor a lo que otro podrá apreciar con calidad y distinción. Pero posiblemente rompas los estándares de productividad y rentabilidad al ser medido por cantidad y no por excelencia.
Cuando en silencio vuelves a encender una vela en aquella mesa donde están los retratos de los ancestros o los que amas, donde dejas tus joyas cotidianas, tu reloj, tus objetos preciados. Cuando te concentras y te pierdes en la luz de aquella vela, simplemente por el placer de dejarse llevar, donde su aroma y su flamear ofrece aquello que no se describe con palabras, sino que se siente con la calma de la intimidad del momento, estás volviendo a un profundo estado de bendecir tu presente que atraviesa por variadas situaciones y experiencias. Y tocar aquella sensibilidad que podría ser una devoción espiritual, podrían ser señales suficientes para saber que estás volviendo a creer en algo que habías postergado. Y sobre ello, entregas tu confianza con la esperanza de conseguir esa pureza que olvidaste.
Cuando te ves rodeado de máquinas, sistemas, tecnologías y aplicaciones que hace la vida fácil a quien te pide datos para hacer con ellos su capital de trabajo; cuando a todo se accede a través de una plataforma digital; cuando tenemos que hablar con las primas del “oprima 1, oprima 2, oprima 3”, y sólo tenemos acceso a respuestas prefabricadas; cuando eres medido por categorías de performance y no de humanidad, puedes comprender que has olvidado la mayor destreza: el de ser humano.
Sí, volver a ser humano para detenerte y sentir. Y construir una opinión que nace de tu propio sentir, no desde el reclamo grupal, o el enojo social o la frustración política, sino desde una apreciación que puede concluir un sentimiento y una visión, donde un acto y una consecuencia es realizado por otros humanos que intentan algo que sólo tu sentir comprende, hace que vuelvas a entender que todo lo que inventan, todo lo que usas y todo lo que permite acceder a asuntos asombrosos, nunca podrá reemplazar aquella sopa de mamá, aquella almohada de la infancia, aquel juego de parque, o aquella mirada inocente de quien te busca para que des tu toque de humanidad, dando la mano con la firmeza de quien consuela o anima, diciendo que comprendes la profundidad de lo que necesitamos unos a otros, de lo perdido que te sientes al no comprender el profundo sentido que tiene la trayectoria de la modernidad; y sobretodo, a la falta de ese abrazo, ese roce, ese calor, esa fricción que la pornografía, las aplicaciones de encuentros fáciles y la anónima forma de escondernos tras la pantalla, no puede devolverte.
El mayor tesoro no es la instantaneidad, ni la facilidad de obtener éxito, información o acceso a millones de cosas. El mayor tesoro es volver a entender que, en este momento tan maravilloso de facilidades, abundancia, tecnología y ánimo de más y más máquinas y sistemas para facilitar y bendecir tecnológicamente la vida humana, siempre hay un humano después de todo, hay una tecla impulsada por un dedo que toca la boca después de un beso, una mano que aprieta la carne con pasión y desenfreno, una vida que lleva emociones y sentimientos. Y que podrías llamar humano a quien, al otro lado de todas las cosas, mira al cielo para saber si lloverá, como también buscando aquello que apague la sed de la falta de una fe -cualquiera-, que haga escuchar el corazón otra vez.

Me gustará leer tu opinión, tu sensación y tu punto de vista. Puedes escribirme a farayaurquiza@gmail.com