La fuerza se pierde por la boca

Tal vez no hay mucho que decir, y es mejor no decir nada. Diferente es aislarse, porque la separación sólo lleva al infortunio de no aceptar la colaboración o la amistad. Diferente es entender que no son tiempos donde tenemos que decir algo, porque lo importante, lo relevante, lo que puede aportar, aún no sucede. Es la estrategia del milagro. Pedirlo con la boca insistentemente es no permitir que suceda dentro de quien lo pide, porque los milagros sólo suceden en nuestro interior. Sólo se pide una vez, y con conciencia, en un ritual, en un momento trascendente de conversacionales con uno mismo, para permitir que las cosas sucedan. Decir por decir, hablar por hablar, comentar, opinar o repetir lo de otros, sólo debilita al parlante, porque la fuerza siempre se pierde por la boca ante promesas que no podremos cumplir u opiniones que no somos capaces de sostener con coherencia, ya que lo que se dice debiera ser el espejo de lo que creemos, pensamos, sentimos y hacemos. Y en estos tiempos, tiempos donde nada se define o donde todo está en movimiento, tenemos que permitir en prudencia que la cosas lleguen a algún lugar antes de sentenciar nuestros veredictos, opiniones o intuiciones.

Sí, la fuerza se pierde por la boca. Y en silencio, pero en compañía, en participación, en colaboración, me gustaría dejarte con la idea de que permitas que cada palabra tenga la prudencia de aportar respeto y cariño por sobretodo lo demás. Las palabras mal dichas, irónicas, irrespetuosas, sólo agigantan la pérdida del poder. Repetir palabras del pasado como si fueran presentes, sólo agiganta la posibilidad de llegar hasta donde hoy hemos llegado, imposibilitando la capacidad de la fuerza del milagro que aún no termina su proceso. Y las palabras de los supuestos cargados de temor o desgracias, sólo llaman a las resistencias que, sin desearlas, puedes ser la única persona que espera negaciones y sufrimientos, porque podrías pertenecer al grupo que no se permite imaginar la vida de virtudes y placeres al creer que todo lo pleno lleva la desconfianza en el haber decidido vivir con sacrificios e infortunios, como el dolor necesario para ganar un paraíso que no existe. El paraíso es delicias, y posiblemente vivas en él.

Todos deseamos algo que más parece estar guardado en la caja de los imposibles. A veces, la magia bien hecha, con silencio, con trascendencia, con conciencia y con dedicación sentimental, permite que podamos vivir como si el milagro ya hubiera sucedido. Eso atrae la alegría de celebrar por adelantado para que el espíritu de las cosas, el sentimiento de lo imposible, pueda ofrecernos algo para que sea posible. Aunque en estos días no sean tiempos de dar por hacho lo que aún no ha terminado, y que no sabemos si llegará de la manera que nos convenga. Mientras, luego de sentir el deseo, luego de desear un buen trabajo, luego de desear buenos sentimientos, buena fortuna, buen clima para nuestras acciones y vivencias, dejar que el silencio haga su parte, porque tendremos que recordar que la fuerza se pierde por la boca.

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