La pequeña parte donde ponemos lo que nos interesa

Estamos con ganas de poseer, vivir o sentir Todo. Y no se si es efecto de un enojo, una pasión o un reclamo, o simplemente las ganas de expandir o imponer desde nuestro pequeño poder, la fuerza y el ímpetu iracundo que nos nace por estos días. Se vuelven desafiantes para quien progresa, se vuelven peligrosos para quien no mide sus palabras y sus actos. Notamos que hay cosas que se dicen con la máxima euforia desde nuestras profundas vísceras, queriendo que cada palabra, cada acto, cada huracanado clamor, sea una bomba de tinta que manche a todos de una sola vez. Aunque ya sabemos que aquello que llamamos “Todo” no es más que un lugar donde ponemos la pequeña parte de lo que nos interesa. También, muchas veces se dice lo que se dice con rabioso descaro como nacido de las vísceras, el genuino recordatorio a los demás de los derechos que podemos tener, exigiendo nuestra importancia para que pongan atención a cada detalle de ese Todo que somos, donde ya sabemos que Todo es un lugar donde ponemos la pequeña parte de lo que nos interesa.

Al final, nos molesta la cultura que heredamos de nuestros ancestros, con aquello de quedar atrapados a culturas centristas, definiendo “Orden” como el centro (relativo por lo demás), y ese centro se autodenomina importante por el sólo hecho de estar en un lugar equidistante a todas las referencias que no merecen estar en el centro. Allí aprendimos a pertenecer como también a ser excluidos por no merecer, como un privilegio o un derecho que se aprende, quedando separados del resto. Era necesario crear esta utopía para conocer la dimensión del miedo, del morir, de pertenecer, llevando como consecuencia volvernos comunes cuando tenemos que parecernos a los demás, y no ser auténticos por temor a vivir donde vive lo excéntrico, lo que se supone y lo que se inventa. El centro entonces, se volvió aquel normal que discrimina el ser o no ser, destruyendo la fuerza de lo propio para no pecar de impertinente cuando nuestra creación o nuestra pulsión nos proponga asuntos iracundos que se transformarán en progreso, cuando el normal lo acepte en su centro. Todo el asunto se resume a creer que el peligro está en no quedar en el lugar equivocado de la historia.

Aprendimos la dureza de no tener razón, de no ser importantes, de no ser el centro de todo, cuando nos expulsan de las tierras prometidas al no ser capaces de cantar las alabanzas del centro, separándonos unos de otros —los obedientes y los desobedientes—, pudiendo quedar en el lado equivocado, en la raza equivocada, en la ciudad, el barrio o la familia errada, aprendiendo artificialmente que la ley del dogma es para cumplirse, siendo engañados con eso de saber de antemano que todo se lo debemos a alguien, que no somos los elegidos, y que no somos los que llevamos ese Todo de relevancia, quitándonos los derechos que sí otros pueden exigir por ser y pertenecer donde tal vez nunca alcanzaremos a vivir.

Esto nos enfurece. Y pareciera que nos enojamos con el aire, con los sueños, con el pasado que no cambiará. Cuando en verdad, el enojo es esa incomodidad de saber que el centro fue una ilusión, y que todo lo que intentamos dejó de ser cómodo cuando insistimos en que el centro es el Orden de todo. Y no significa que ha ganado el desorden, sino que ha llegado un momento donde nos ordenamos de otras maneras. Y nos enoja tener que perder, tener que sentir la frontera, sentir el no tener privilegios, la impotencia de que la potencia es poca para cumplirnos en nuestras ambiciones. Al final, estamos enojados con esto de tener que ser todos iguales para marchar como las ovejas al corral de nuestro encierro.

¿Tenemos que ser todos iguales? La igualdad es una decisión que determina el dueño del centro de nuestras creencias aceptadas y aprendidas, y no de quien observa la jerarquía equivalente para todas las existencias. Lee otra vez, porque es complejo, y a su vez relevante para comenzar a mirar todo desde otro punto de vista.

Eso es lo que vivimos en este presente, y eso es lo que nos enoja. Sentimos la fuerza de las diferencias, y vamos por ellas como un arrebato, como un descarriado que busca el agua para saciar la sed. Vamos furiosos porque todo lo anterior que fue construido en nombre de nuestro bienestar, nos ha traído a este presente confuso donde todo está en lo que creemos y no en lo que nos aprieta. Y posiblemente tendremos que destruir algo innecesariamente, creyendo que aquello es fundamental para constituir un nuevo orden. Siempre creímos que la guerra era para sacar al contrario de nuestros planes, cuando todo lo que se vuelve grandioso lo hace a través de la participación de la diversidad. Porque aprendimos con la olvidada historia que, al contrario, cuando se aniquila al diferente, al contrario, al iracundo, al excéntrico, al visionario, e incluso al perverso, sólo indica la señal que estamos sucumbiendo, y que sólo el nuevo orden puede nacer cuando destruyamos lo que conocemos.

Posiblemente, tenemos la posibilidad de construir de otra manera, cuando dejemos de señalar al aire como nuestro enemigo. El enemigo está en los fragmentos de lo que creemos, en aquel lugar donde vive ese Todo que nos es importante. Ese todo tiene dioses, dogmas, modas, obligaciones y mandatos que nos someten en tiempos de levantarnos. El caos de la individualidad sólo ofrece la búsqueda desordenada de una forma muy diferente, que aún no tiene nombre. Eso vivimos. De eso nos enojamos.

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