Digo lo que pienso

Hablemos del presente. En medio de lo nuevo que sería provechoso para todos, aparece de improviso quien menos esperamos y nos arrebata el camino, sólo porque nuestras fortalezas no alimentan las fuerzas de quien —en nombre de ser primero—, quiere que sólo soñemos con ser los segundos. Y es que no han cambiado los tiempos para mejor o peor, sino que alguien ha cambiado el punto donde en el pasado establecimos lo normal, sembrando la duda de nuestras competencias y certezas, la duda de nuestra ética de lo bueno o malo, la duda de nuestra historia al cambiar los nombres, y la duda de lo no permitido para volverse lícito, haciendo que podamos sentir que quedamos fuera del juego por no ser dueños del nuevo radar que determina el centro de lo coherente, de lo justo y de lo humano.

Son tiempos donde la confusión y la duda son usadas por quien amenaza. Y quien lo hace como una estrategia, no sólo habita el síntoma de la decadencia ante la falta de valor y de propuesta, sino que describe su horizonte como el servirse de los demás para beneficio propio, jugando un juego del falso héroe, cuando en verdad, al abrir los ojos, sólo estamos frente a quien hace todo para tener el honor de ser el futuro mártir.

¿Quién se nombra primero? En las competencias deportivas, lo hace quien llega primero a la meta, en los negocios quien vende más por tener mayor valor, en la sociedad quien crea vínculos de beneficio y progreso. Pero aparece una nueva moral del aprovechamiento para negar el esfuerzo de otros, a través de negar la voluntad, los principios, la ética y el respeto ajeno, sentándose altaneramente en la silla que nadie le ha ofrecido por sobre los que considera inferiores, dejando de llamar aliados a los que desea que sean súbditos. Lo veo en tantas empresas, en tantas organizaciones, en tantos lugares, donde lo difícil para el usurpador es sostenerse, porque quien arrebata por omisión tendrá que luchar contra la historia universal de saber que acelera su derrota.

Así están las cosas en muchos rincones del mundo. Y nos obliga a dejar de creer que el grito del fanático es real. Tendremos que dejar de creer en rumores. Tendremos que dejar de creer en la amenaza como si fuera una ley. Tendremos que volver a tomar nuestro poder para ser usado en nombre de lo importante. Y lo importante no es el progreso, sino el bienestar personal y colectivo, construyendo fronteras para protegernos de la demagogia para volver a apoderarnos de lo sagrado al tener que poner la mirada en la esperanza humana que sabemos que ha sobrevivido y progresado a causa de pertenecer a una comunidad, y no a una rivalidad. Tendremos que saber elegir a los que están fuera de los fanatismos, porque un fanático insiste en llamar libertad a la razón de la decadencia moral de sus lisuras y ejemplos, que en nombre de su propia conveniencia, menosprecia nuestra inteligencia para crear y elegir; nuestros sentimientos para decidir y amar; y nuestra pasión para ir tras una ambición que hace bien, restableciendo el dar y recibir en ele equilibrio del bienestar común y personal. Tendremos que aprender a ordenar el presente con el repaso de nuevos y sólidos valores que se sustentan sobre la fuerza colectiva de saber que lo humano comienza y termina con sentimientos, y no con competencias ni contrarios. Tendremos que volver a aprender a ser propios y auténticos, porque el propio de si lleva esperanza que comparte con otros, volviéndose un valor superior por sobre la devaluación de los sentimientos. Tendremos que volver a valorar lo que nos hace bien, lo que devuelve el bienestar personal, familiar y social.

¿Dónde está aquello que ofrece alma y calma? Posiblemente en la confianza que sienten las ovejas cuando se unen en una fe, en una devoción, en una alegría, en un sueño común que excluye al lobo, que siempre se aprovecha del caos que ofrece el miedo para cometer su propósito. Nada es más poderoso que salir al encuentro con otros para intercambiar las esencias de nuestro ser y nuestro trabajo, para hablar de esperanzas comunes, y regresar a casa sabiendo que estamos unidos como comunidades, legiones, ideales y sueños que construyen bienestar, resistiendo ante los discursos que buscan herir lo que el demagogo llama alma, cuando el alma es la energía infinita que ofrece certezas y no fracturas de temor. Necesitaremos dejar nuestra nostalgia de lado para entender que la esperanza no está en el ayer, sino en el hoy que aviva pasiones del mañana.

Agradezco que puedas leer y posiblemente agradeceré más el poder leer tus comentarios, tus ideas y tus puntos de vista que enriquecen a través del valor de nuestras conversaciones por email. Puedes escribirme a farayaurquiza@gmail.com