Ya hay quienes podemos hacer balances a un par de semanas de celebrar el final del año o el comienzo del otro. ¿Tenemos que hacer balances? Pareciera que es un ejercicio donde ponemos la mirada en lo que nos llena de orgullo, o en aquella falta llena de vergüenza o de culpa por lo vivido. Finalmente todo es imborrable, pero sí comprensible desde la versión que nos contemos, porque ya sabemos aquello de que las verdades no existen, dejando sólo la huella de las versiones que se interpretan. Pero lo que sí sabemos es que lo que aceleramos para terminar con satisfacción este ciclo, no borrará las faltas vividas, como también entender que nunca termina un ciclo, sino que comienza otro en donde continúan nuestros asuntos. Vivimos tiempos lentos, tiempos de reflexión y tal vez no de descanso, donde ya sabemos que hay asuntos que fluyen hacia realidades, que si comparamos con situaciones similares del pasado, probablemente no se resuelvan o conduzcan hacia el mismo resultado, porque el mundo líquido que se ha instalado a nuestro alrededor, aquel denso y a su vez misterioso en su actuar con los vectores de las fuerzas, hace que un acto, una causa, una variable pueda correr hacia infinitas posibilidades, descartando las consecuencias rectilíneas.
En los balances podemos enumerar hechos y sus mediciones, para saber valorar más o menos el dónde llegamos, o dónde estamos. Pero al final, todo balance conlleva emociones que nos dejan un sabor que se siente cuando se está frente a una imagen. Porque el balance es relativo, sabiendo que lo de hoy lo decidimos ayer, y que mañana lo decidimos hoy en silencio frente a las evidencias que este balance nos ofrece. Decidir es lo único que controlamos, porque una decisión es un testimonio para saber que estamos dispuestos y disponibles frente a un devenir. Decidir es amarnos, es ofrecernos, es calmarnos, es juntarnos o cambiarnos de lado para ahora ver todo desde lo decidido y no desde la nostalgia de la indecisión, que es lo más cercano al estancamiento. Todo lo que se decide adopta un movimiento, sin importar si es bueno o malo. Toda decisión es una incierta promesa, que nos mueve del hoy hacia ese nuevo estado que no sabemos describir con palabras.
Los balances se hacen en las mañanas, en el amanecer, en el ritual de preparar café en silencio, para que el aroma a pureza nos ofrezca frescura ante lo que se evalúa y lo que se decide. Es en la mañana donde la culpa no está presente, como también, en todos los amaneceres está la huella de los sueños soñados y la frescura de lo que promete el nuevo día. Allí los balances huelen a perdones y promesas, a madurez y conciencia. Allí es cuando el balance hace justicia cuando tememos a los crueles resultados, pero a su vez, nos damos permiso nuevamente a equivocarnos ante las apuestas por aquellas ambiciones que dejamos para el siguiente ciclo, que sin promesas —pero con impulso—, permitimos a la madurez hacer su trabajo.

Me gusta tener conversaciones por email, y puedes escribir tus comentarios, tus contradicciones y tus oposiciones, para poder enriquecernos en el arte de conversar. Escríbeme a farayaurquiza@gmail.com