Malas noticias

Las malas noticias destruyen la fantasía del mundo estable, de aquello que mañana será seguro y conocido. Creo que las malas noticias son las razones para progresar, y a su vez, para preguntarse por lo valioso que tenemos: aquello que somos de verdad, lo que no pertenece a la opinión de los otros ni depende de lo servicial y atento con quienes queremos parecer serviciales y atentos, porque las malas noticias destruyen lo frágil y falso de nuestro exterior, buscando la solidez de nuestras creencias fundamentales y de la certeza de tener talentos que son muy propios. Esto aplica para las malas noticias personales, aquellas que dicen “no” al camino y al capricho, obligándonos a mirar nuestras manos y nuestros sentimientos para buscar las puertas que dicen “si”… más auténticas, más propias de nosotros. Para las empresas, las organizaciones y los países es lo mismo. Las malas noticias no son intenciones contrarias de alguien, sino son la resistencia que nos pregunta lo esencial de saber qué somos, en qué creemos y por qué hacemos lo que hacemos, que siempre está en evolución, porque lo que se mantiene estable y sin cambios, se agota y se apaga.

Siempre estamos en un entorno dinámico, y en tiempos tan honestos, tan reveladores, tan de esencias y creencias en repaso, que sólo nos queda entender que tenemos que mirarnos al espejo para preguntarnos lo esencial. No es tiempo de mirar la cámara para contarle a los demás lo que ya no somos, lo que nos ha impedido algo, o lo que deseamos ocultar a través de la máscara de nuestra frágil imagen. Ya no somos frágiles. Somos propios gracias a las malas noticias creadas por quien se cree poderoso y lleva su maldad hasta un extremo para llenarnos de poder y autoestima de saber que aquello no lo queremos, y que queremos vivir en la danza del cambio permanente, porque nos obliga a tomar lo que creemos y ponerlo en el disco de lo que evoluciona para bailar al ritmo de estos tiempos que nos dice que lo de ayer ya no es, sino que es lo que pensarás mañana de lo que crees hoy.

A las personas, las empresas y las organizaciones les gusta creer que la existencia se resume en cuatro o seis promesas, objetivos de mercado o propósitos que hacemos cada comienzo de año. Se que son hechas con buenas intenciones. Pero no es así. La existencia sólo se permite cuando nos adaptamos a las benditas malas noticias, arrastrándonos a la desgarradora forma de lo que realmente somos, o hacia la potencia de lo que vemos en nuestras manos y nuestro corazón cuando tomamos una buena idea, una buena iniciativa, una buena forma de transformarnos sin saber bien dónde terminaremos.

Corren tiempos donde sólo podemos mirar para dentro, y entender que en cada rincón del planeta, todo se está organizando a través del caos o el desorden. No deseo mal a nadie, pero nos están cambiando los planes y tendremos que llorar unos minutos para luego volver a mirar qué tenemos para dar. Y preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos y por qué creemos en lo que creemos.

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