Sanar el futuro

Podemos repasar toda la historia hacia atrás. Podemos reconocer los daños que cargamos en el presente. Podemos entender que no sabías o no tenías la fuerza para poder enfrentar aquellas tempestades. Podemos sentir que la confusión, mezcla de ambición e ímpetu, puso el fracaso frente a los ojos. Podemos entender que elegimos lo que convenía en su momento, pero no lo que sentíamos con amor, alegría y pasión. Podemos arrepentirnos y maldecirnos por ello. Podemos juzgar a quien es el autor de tanto daño. Podemos enojarnos ante tanta injusticia vivida. Podemos seguir sufriendo. Podemos continuar con esas conversaciones mentales de lo que habrías hecho, pero no cambia lo realmente sucedido. Podemos envenenar la vida, levantar conjuras, prometer venganzas. Podemos padecer todos los días la desdicha de lo ocurrido. Pero ¿y qué se hace después?

Llevo años dedicado a la sanación del futuro, aquella de nos desenamora del desastre pasado que nos victimiza buscando cariño y comprensión, para volver a enamorarnos de nosotros mismos siguiendo el camino de una nueva ambición, sentimiento o actividad. Creo que gran parte de los que se dedican a la sanación lo hacen para bendecir el dolor y crear conciencia, pero muy pocos se dedican a construir caminos a partir de allí.

Así como nos enamoramos del pasado, del dolor, de la enfermedad, del tormento, de la angustia, del engaño, la derrota, la frustración, la tristeza, la mala elección, el abandono, el tormento de nuestros diálogos internos, la depresión, el fracaso y tantas otras cosas vividas, también podemos enamorarnos de lo que está al otro lado, aquellas cosas que nos entusiasman o que podrían iniciarse como diversiones, y se encaminan a pasiones y amores por lo que sentimos en el progreso personal y la realización.

¿Por qué entonces decidimos quedarnos en el pasado doloroso? Porque creo que la mayoría de las personas esperan que les paguen la deuda de lo perdido, imaginando que todos en el presente compensarán los errores anteriores, para sentirse queridos. El abrazo sana el dolor, pero lo agiganta porque lo reconoce y lo bendice. Y tenemos que aprender que sanar es la propuesta y no el revivir con conciencia, que ciertamente ayuda para entender la dimensión de los asuntos y aprender de ellos. Si, es muy valioso porque aquella parte nos convierte en aprendices de un nuevo vivir, proponiendo madurez, crecimiento y sobretodo, sobrevivencia para seguir.

Aprenderemos que sanar es entender que ese amor ciego al pasado, es un amor a la historia que no cambia, a las desgracias que continúan allí en la memoria, haciendo esfuerzos para no ser olvidadas.

Sanar el futuro es la manera de levantar la mirada al siguiente dulzor, pero no se puede amar al futuro si el dolor está comprometido en un profundo enamoramiento al pasado doloroso. Ser desleal con lo que entristece, con la enfermedad que condena, con los actores que hirieron el corazón, sería romper el pacto de sufrir eternamente. Y me encuentro con personas que no quieren renunciar a su luto, a su desgracia, a tu padecer, porque les da sentido de importancia en el hoy. Cada uno tiene su momento, y ese enamoramiento dice que aún no es el tiempo para levantarse y mirar hacia mañana.

La pasión y el encantamiento, la alegría y la dulce codicia de nuestras ambiciones produce la misma sensación que el sufrimiento y la decepción profunda, el tormento, el horror y la traición. Y la herida decide quedar abierta para tocar todas las noches el ardor que excita la decisión de no perdonarse. Hasta que la sanación decide sanar el futuro que construiremos, que inventaremos, que conquistaremos, de la misma manera como se traiciona lo anterior, de tal manera de desenamorarse de lo que no cambiará de ayer, para vivir dulces encantos con lo que decidimos vivir para mañana.

Sanar el futuro necesita el entendimiento de que todo dolor lleva amor de quien lo padece para sentir que acariciando el tormento se puede alcanzar el cariño y la acogida de los demás para que entiendan que el dolor es poderoso. Eso lo sabemos, y no es necesario tanta demostración de sufrimiento para alcanzar el placer de sentirse herido o caído del camino de la plenitud. Se necesita comprender que amar el pasado es abrazar la piedra que estanca y detiene la vida, envejeciendo de nostálgico, en vez de abrazar las piernas que conducen a la juventud de la creación de mañana. Sanar el futuro es crear un mañana, que si llega a ser cierto será una decisión, pero crear es el intento de dejar el noviazgo de la enfermedad, del sufrir, del dolor, para traicionarlo con la esperanza, con la fantasía y los sueños, y que esto lleve al primer paso de comprender que sí se puede crear sin esperar triunfos, sino alegres caminos.

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