Mucha prisa, poca pausa

Pausa. Aunque creas que es perder el tiempo, la pausa que valoras en otros y no en ti, es el gran poder creador y reflexivo en los desafíos cotidianos, laborales, emocionales y espirituales. Es lo que las máquinas no pueden realizar: detenerse para sentir, asociar, observar, preguntarse y crear o mejorar aquello que merece ser apreciado o realizado de otras maneras. Lo más humano que tenemos es el poder de detenernos para descansar y reflexionar sobre nosotros y lo que nos rodea. La pausa permite sentir que valemos al concluir la validez de los detalles, como también la ruta elegida. Pero en la desesperación de la aparente escasez, fuimos entrenados para no perder tiempo, porque nos hicieron creer que es lo único que realmente se pierde. Y justamente en tiempos donde las máquinas y los algoritmos crecen frenéticamente sin interrupciones, nosotros decidimos competir con ellos en vez de ganar la única importancia que nos vuelve poderosos: el no hacer, para Ser, y luego hacer. La frenética pasión por llenarse de actividades terminó siendo la manera de callar la mente que nos llena de juicios de valor, y creer que tendremos más, sabremos más, controlaremos más si abusamos del tiempo hasta los extremos, pero claramente estamos reaccionando tal como nos enseñaron cuando pequeños al asociar ocio con pobreza, pereza, inutilidad. Y es increíble cuando uno ve que los más inteligentes y brillantes creyeron que llenándose de trabajo sabrían autoabastecerse de ideas para vivir luchando con su agenda llena de asuntos “importantes”, intentando coordinar sus ideas, cuando quien no pudo tener habilidades y exactitudes en su conocer, se rodeó de quienes sí la tenían, demostrando que el progreso es de los que se atreven y no de los que calculan, dejando el ocio y el descanso para validar que ha elegido buenos caminos. No fuimos diseñados para trabajar en exceso, sino que fuimos creados para tener actividades entre las pausas, porque evolutivamente desarrollamos la capacidad de pensar, de meditar, de sentir y emocionarnos con conciencia, de recuperarnos para encontrar en el ritual, los sentimientos, la ceremonia y la pausa el valor del ocio. ¿Sabías que la razón sólo ocupa el 25% de nuestra vida, siendo el 75% de la vida real un conjunto de sentimientos y emociones? ¿Sabías que decides por pasiones, sentimientos y caprichos, y no siempre por razones? No estamos diseñados para convertirnos en máquinas racionales, pero sí estamos diseñados para celebrar el progreso, prosperando en un enfoque de vida más sostenible: la capacidad de hacer una pausa.

Aprendí a ver el progreso por su valor, y no por su ganancia o precio. He conocido la miseria humana, la pobreza extrema de personas que sólo tienen dinero, pero han perdido sus valores, su sentido de vivir humanamente, su mapa de sentidos que les permite caminar de un momento agradable a otro, creyendo que todo tiene que ser como quieren, enfureciéndose y viviendo en la frustración y la insatisfacción, porque nada funciona bajo el esfuerzo de su razón. O dejaron para el final aquel disfrutar cuando el cansado cuerpo no les permite realizar lo que postergaron en nombre de la ocupación y la importancia personal. Aprendí que la historia humana tiene más momentos migratorios que asentamientos y naciones. Y en cada movimiento individual o colectivo, se buscaba aquel lugar donde se podía abrir las reservas de ocio para contemplar, disfrutar, pensar, sentir y vivir en abundancia la soñada pausa. Bienestar es tener tiempo para el ocio y disfrutarlo, y no es tener tiempo para llenarlo de más cosas, que al final nos atormenta con más y más asuntos que atender para no atender el único asunto que vinimos a vivir: la capacidad de contemplar en toda su magnitud la conciencia que nos rodea. Y luego, nos levantamos y con motivación y coraje, nos dedicamos a lo que nos gusta o nos apasiona. La pereza no es un objetivo, es el inicio para la motivación y la pasión. De un amigo aprendí a celebrar lo comienzos y no los finales. Y así entendí que lo divertido nunca termina, sino que los inicios son gloriosos cuando despertamos del ocio y conectamos con la actividad.

Y finalmente, todos los días escucho relatos de personas que necesitan más éxito, más resultados, más exactitud, más aplausos y más dinero, buscando ese orden para valer frente a los demás. ¿Para qué? Y todas las respuestas giran en torno a la reacción del entorno, y ninguna en función del valor interior, pues el valor está sometido al cansancio o a la debilidad. Y llenan sus fines de semana con muchas actividades con tal de agotarse totalmente para sentir que vale el tiempo que se vive. Alguien les enseñó que la pausa era enemiga de la vida, y claramente fue quien quiere que trabajes por el imperio hasta el extremo, porque tu esfuerzo, tus horas extra, tus desmadres en términos de agotamiento y enfermedades producto del sobreesfuerzo, permitirá al dueño cambiar la decoración de su casa a final de año. Y probablemente, sentirás que valió la pena para quedar con el triunfo moral de aparecer bien en la fotografía de los honores al costo de destruir tu cuerpo que, sin pausas se acerca al desprecio de los valores esenciales que no servirán para los momentos reales. En las sesiones individuales ordenamos la fuerza para potenciar el único valor que tenemos por existir: la contemplación y el valor por lo que somos y vivimos, para poner el ocio como la clave del éxito, y encontrar que la pausa y el ocio son el inicio de todo gran proyecto, porque el resto es coraje y motivación, hasta que necesitemos otra pausa, y el ocio nos recomponga.

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