Dese hace décadas, la explotación de la palabra Felicidad fue dominada por la publicidad y las estrategias, y dejó de pertenecer al corazón de las personas. Cuando hablas con los abuelos, y ellos te cuentan de sus abuelos, la Felicidad era conseguir una vida serena, auténtica y participativa. Una vida que pudieras despertar en calma, vestirte en calma, caminar con calma, trabajar con calma, almorzar con calma, la siesta en calma, volver a trabajar en calma y terminar el día en calma. Una vida donde se preparaba con meses de anticipación el cumpleaños de alguien, una fiesta familiar, o un evento cualquiera, sintiendo la alegría del momento que se acercaba, para luego vivir semanas de alegría por la fiesta vivida y el encuentro con los seres queridos y amados. Una vida auténtica, donde sólo tenían sus gustos, sus amigos, sus conversaciones, sus filosofías de barrio y sus asuntos, y que, al encuentro con otros, descubrían que tenían las mismas propias cosas, haciendo de la admiración mutua el gran valor social. También, escucharás de tus abuelos, aquella vida participativa donde los vecinos se saludaban, se colaboraban, se conversaban el presente, sintiendo que la vida era trascendente porque podíamos escuchar a los demás y ser escuchados. Amábamos porque nos admirábamos unos a otros. O temíamos, porque entendíamos que había quienes no participaban de nuestros valores y principios, haciendo de juez la ética del buen vivir, donde creábamos comunidad entre los que compartíamos el principio moral de las buenas costumbres y lo que era bueno para cada cual. También en esos tiempos habían vicios, pobreza, tristezas y desolación, como también dignidad, humildad, verdad, ambición, progreso y sueños, siempre en función de la serenidad, la autenticidad y la participatividad.
Pero estas ideas cayeron en desprestigio, cuando su forma lenta y pausada de vivirse, fue reemplazada por las utopías del progreso comercial. Aquel que estimulaba una vejez activa y llena de utópica plenitud, la satisfacción inmediata del fantasioso placer y éxito, la ambición desmedida e ilusoria de mostrar lo que se tiene para ser admirados con facilidad, y la transformación de valores de equilibrio y vivir en paz, por sacrificio y gloria personal, familiar y social. Lo permitimos frente a nuestras narices, y no lo cuestionamos ni lo encontramos perverso, sino que entramos en el juego de la vida activa y rápida, descartable y brillante, para separarnos entre los que brillan y los que viven. Y llegamos al presente donde tenemos los más bajos índices de felicidad, porque el exceso de información que da poder, determinados objetos, relaciones sin valor, e intereses y ambiciones desmedidos, nos transformó en falsos participantes sociales en el juego de parecer y convenir, a cambio de aceptación y aprobación.
Cuando realizo sesiones de terapia, y llego a preguntar por las añoranzas en medio de las tristezas de las personas, todos dibujan la ilusión de la serenidad, la autenticidad y la participatividad como el ideal a conseguir, pero a través de la ética del consumo, la identidad de la apariencia, el inútil esfuerzo y la necesidad de valoración a través de la aprobación de quienes no te conocen. Porque esto se vuelve crónico cuando vives para aparentar a quien te conviene, con el dinero que no te pertenece, y para ser reconocido por quien no es tu amigo ni familiar, sino un convenido. Y el temor presente en medio de los argumentos que llena de pavor al perder lo que aún no tienes, a no tener lo que crees que faltará, y a fracasar cuando llegue la vejez sin reconocimiento, en esa soledad de las enfermedades y las limitaciones. Aún no lo vivimos y ya lo padecemos de antemano.
¿Cuándo aprendimos eso? ¿Cuándo sucedió aquel reemplazo de valores? Cuando dejamos de creer que era valiosa la serenidad, la vida lenta, la vida de cuidados y respetos, la vida donde limpiábamos nuestros objetos y fotografías que sacaban sonrisas. Las metas comerciales de toda una industria que necesitaba vender a través del miedo, hizo que olvidáramos la vida donde se respira en calma, la vida donde nos valoramos a nosotros mismos al reconocernos calmos y conscientes, y la vida donde nos volvamos a saludar fuera de nuestros aparatos digitales.
Es esto lo que enseño en sesiones individuales, a volver al valor de la pureza olvidada en la historia de nuestros ancestros, donde su desprestigiada vida, ahora lleva tildes de hippie, woke, progre, y tantos epítetos que intentan negar la felicidad olvidada, al sostener la frágil estructura emocional de las personas sólo para validar el progreso de la inmediatez, de la satisfacción express, de lo descartable y la falsa valoración, para el cumplimiento de metas de consumo. Llegan los días donde tendremos que explicarles a los niños ese asunto del ahorro. Y nos daremos cuenta que el ahorro no existe, porque ahorrar será carísimo al tener que pagar mucho por tener reservas de cualquier tipo. Basta ver cómo la caducidad de los alimentos cada vez es menor, obligándonos a comprar más de manera reiterada para crear hábitos de consumo permanente. Y si hablamos de calma, tranquilidad, paz interior y equilibrio en nuestras emociones, enseño que todo ello siempre ha estado con nosotros, sólo que, el mundo del consumo nos enseñó (amaestró) a que aquellos valores de tranquilidad y estabilidad pasan por comprar determinadas cosas, grandes y pequeñas, que sólo son privilegios de quienes ganan y ganan más a través de la infelicidad de sus vidas.
Somos humanos que aprendemos de quienes nos cuidaron cuando éramos niños. ¿Y qué vimos? Vimos padres tristes y cansados, siempre ocupados en sus asuntos, porque ellos fueron entrenados por intereses de consumo y progreso que, si dejaban sus asuntos para sonreír con los hijos, se sentirían utópicamente humillados por sus pares, desvalorizados, miserables, inútiles, siendo tristes mientras cuidaban a través de cosas y esfuerzos, enseñando el ejemplo de la utopía de la felicidad. No siempre sucede así, porque en el presente, hay personas que no quieren ser como sus padres, porque repetir el esfuerzo para terminar tristes, cansados, agobiados, desvividos, es la nueva señal del fracaso, haciendo que busquen las palabras que están guardadas en las historias de los visabuelos: serenidad, autenticad y participatividad… palabras que no motivan el consumo, no obligan a gozar de prestigio, no rozan la escala social, pero posiblemente lleguen a gozar del gran premio, ese gran tesoro olvidado de saber que dentro tenemos serenidad, autenticidad y participatividad honesta y humana.

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