Cansa tanta realidad, anima tanta intimidad

Y con cuántas personas estamos diariamente y, sin embargo, con que pocas somos auténticas. Y pasan los días en el cansancio de tener que poner atención a muchas señales e instrucciones, que abruma aquel asunto de decidir por nosotros. Y no significa abandonar o acabar lo que tenemos, hacemos y vivimos, sino en dar más prioridad a lo que somos realmente. Anima aquello íntimo, el estar en silencio, en soledad, en tranquilidad, donde agradecemos estar en medio de donde no conocemos a nadie para que no nos importe el cómo vamos vestidos, como abordamos nuestras costumbres y como expresamos nuestra quietud interior y mis ganas de vivir; lejos de los mensajes que obligan nuestra respuesta; distante de esas responsabilidades que exigen nuestra emergencia. Y aparece ese tiempo, ese espacio que suele llenarse de culpa por abandonar lo importante, para dedicarse a lo más prioritario que viene a ser uno mismo (con esa cuota pequeña de sentido irresponsable), donde simplemente dejamos correr el agua caliente por la espalda, leemos más páginas del libro, y nos dedicamos a otro capítulo de nuestra serie favorita, o simplemente permitimos aquello que anima.

Ya somos adultos para reconocer y separar lo que es enviciante de lo que es relevante. Aprendimos a reconocer lo prioritario de lo necesario. Supimos entender lo que beneficia de lo que envicia. Por lo que el ánimo por lo íntimo, lo propio, lo que nos alimenta y reconforta, hace espacio porque lo decidimos, nos lo imponemos porque conquistamos esa razón de entender que sin aquello, no podremos dar a los demás lo que queremos ofrecer con amor, amistad, profesionalismo y excelencia. Al final, los que nos quieren y nos rodean, nos prefieren en descanso, sin dolores ni reclamos para poder convivir con nosotros. Pero hay carceleros emocionales, custodios asfixiantes, guardianes injustamente exigentes que quieren más y más para ellos, sacrificando lo propio, lo nuestro, que agota y algún día explota de alguna manera. Tal vez, en tiempos antiguos, se perdonaba en nombre del amor. Hoy no se perdona en nombre de la autenticidad y el bienestar. Y no es egoísmo, es esencial para entender la vida de hoy.

Sabremos trabajar en menos horas y mejor, si ponemos más cerca de las prioridades el ánimo íntimo y enriquecedor que se vuelve alimento para trabajar menos horas y mejor. Sabremos ser conscientes ante las exigencias si vienen después del descanso, de la fascinación, del placer delicado de lo que nos nutre. Sabremos ser maduros para poner ese espacio al lado de lo que nos exige, porque el exigente podrá tener su calidad esperada de alguien que se da calidad a sí mismo. Quien no sepa esto, sabrá ser un buen esclavo, un prisionero profesional, una víctima que cree que sacrificándose lo hace mejor. Hasta Dios descansó el séptimo día.

Podemos escribirnos y conversar esto por email. Me encantará. farayaurquiza@gmail.com