Hacer poco es muy difícil

Tenemos que aprender a confiar y vivir en el ocio. Tenemos que aprender a hacer poco, pero de lo poco, con calidad, con profundidad y alto grado significativo de valor.

Olvidamos un principio de la vida. Nacemos sin ser expertos, sin saber hablar y nuestra utilidad demora décadas en decidir aportar utilidad. Y de un momento a otro, olvidamos todo el sentido humano para dedicarnos a creer que sólo tenemos que «Hacer» como si le tuviéramos miedo a asuntos que nunca han llegado en forma definitiva.

Hace ya muchos años, un psicólogo me propuso demostrar la esencia de la vida. Me explicó simbólicamente, que intentara empobrecerme. No supe que lo decía como una manera de enseñarme algo. Me dijo que imaginara el gastar todo, que intentara no tener. -Llegarás al punto de no tener nada. Ahora, observa qué sucede-. En mi inmadurez de aquellos tiempos, lo tomé en serio, y naturalmente, las amistades siempre estuvieron allí sin saber de mi desafío, convidándome a sus casas el fin de semana, ofreciendo invitaciones a participar, y compartiendo lo que les sobraba donde su ofrecimiento se transformaba en mi riqueza: arroz, fruta, platos y hasta antiguos teléfonos móviles. El mismo psicólogo -asombrado por mi osadía-, me dijo que éramos afortunados, y que pertenecíamos al 15% del planeta que tenemos de alguna manera acceso a todo, y que cuando nos falta, el mismo sistema en forma natural, ofrece aquello que nos falta. Cuando nos sobra, nos ofrecen cosas inútiles. Pero cuando realmente necesitamos, siempre llega aquello. Aquí puse atención a otras cosas, donde la pobreza también tiene su balance, y te empobrece rápido cuando te contagias con los votos de pobreza. Aprendí que el desafío del psicólogo no era el intentar ser pobre, sino que demostrarme que no lo era.

Esta experiencia que no recomiendo a nadie, nos enseña que la clave está en confiar en medio del ocio. Y lo recuerdo, porque comenzamos una fase profunda y seria en medio de máquinas y sistemas que hacen más cosas por nosotros. Tenemos que aprender a vivir y confiar en ocio. Tenemos que aprender a hacer poco, pero de lo poco, profundo y significativo. Y a su vez, tendremos que aprender a vivir en el inmenso mundo fuera del trabajo. Porque, no se si recuerdas, hay un inmenso mundo lleno de valores y sentimientos, lleno de experiencias y significados, lleno de tesoros y otros humanos que buscan sentido en medio de tu sentido de vivir. Y tal vez ya vives para trabajar, y en tu tiempo libre, para consumir. Y te comparas con otros que tienen más que tu, o menos. Y luchas para ser visto o destacado con tal de cumplir el sueño de la graduación eterna que con tanto orgullo aplauden tus padres. Porque parece que vivimos para los trofeos, los éxitos, las metas y el reconocimiento permanente. Y nos dijeron que para vivir tal éxito, tenemos que hacer mucho. ¿Mucho para quién? ¿Para nosotros? Tal vez para otros que quieren que hagas más para ellos en nombre de que lo harás para tu prestigio de sacrificio (la carrera corporativa, como le llaman). Ya dije aquí mismo hace unas semanas que, cuando cumples 40, comienzas a darte cuenta que aquella cosa del vivir para los triunfos es una fantasía, porque inicias un camino de preguntas acerca de si te sientes bien y en bienestar.

Hay cosas que comienzan a ser absurdas, como tener que crear un ‘Tickets’ para poder hablar con un amigo que trabaja contigo. Tenemos que inventar reuniones, viajes de negocios, falsas competiciones. O comenzamos a desvirtuar nuestros gustos para parecernos a otros que admiramos. O tenemos que creer en otras cosas para ser aceptados, aprobados o calificados. Así, cada día tenemos mucho trabajo por delante, y cuando estamos en la quietud del ocio, nos invade el sentimiento de culpa por dejar pasar el tiempo sin hacer una cosa productiva.

Y no se trata de entrar en conversaciones profundas, huecos de tormentos o experiencias removerdoras. Se trata de volver a aceptar que el progreso está dirigido para facilitar nuestra vida, y no para crear más pesos y cansancios. Cada vez automatizamos más cosas, y vivimos en medio de sistemas que nos proponen el ocio como centro de nuestras actividades. Y tendremos que aprender a hacer poco, pero de eso poco, con mucho valor. Pero fuimos educados para ser obedientes empleados, y vivir en ocio despierta la sensación de que le robamos a alguien quien que ha confiado su futura fortuna en nuestro sacrificio. No fuimos educados para la calidad, sino para la cantidad de hacer innecesario, porque los adultos construyeron un mundo donde el cansancio era la señal del status y la importancia, donde enfermaron, envejecieron, y no tuvieron el tiempo para esas experiencias que se llenan de anécdotas llenas de valor. Sólo se llenaron de anécdotas que sólo tuvieron precio.

Por eso, en un mundo donde el dinero no está respaldado por oro, el “Tener” deja de ser un valor absoluto y robusto, para descubrir que la riqueza es tener tiempo, y tener claridad para saber qué hacer con ese tiempo. Tener reflexiones, tener ganas de buscar, tener espacios donde compartir y vivir, tener ideas, tener motivaciones y hobbies, tener ganas de enseñar el ocio a los hijos, y que en ese ocio tienen que ser alegres y puedan descubrir el gran valor del tiempo: allí es donde se construye otra riqueza. ¿Qué creo realmente que tiene gran valor? Lo tiene la creación que de mucha alegría interior, mucha paz el poder realizarlo, y que ojalá de utilidad a otros. Pero esto pareciera que está castigado con leyes de la moral y los dogmas, donde ser alegre, pleno, contento, donde tener tiempo, tener el poder de decidir qué hacer con el tiempo, sabiendo que con más o con menos no cambia nada, será condenado por quienes sospechen de tu sonrisa, les desagrade tu libertad, y sobretodo, les moleste que tengas disposición e ideas en un mundo donde los dormidos creen que sólo existen para servir a otros y consumir cuando no lo hacen.

Hacer poco es muy difícil.

Puedes escribirme a farayaurquiza@gmail.com para compartir tus ideas… me encantará leerte.