Exagerar

Sin exageración no habrían sueños y ambiciones. Pero la poca madurez y el miedo a la carencia, erradamente ha dejado una huella de desconfianza ante lo que se sueña por temor a la frustración. La lección aprendida dice claramente que tenemos que evitar el dolor de lo imposible, eligiendo lo poco y austero de lo posible. Aprendimos a conformarnos con lo pequeño, en vez de elegir los inmensos sueños. Pero sin exageración no sabríamos caminar hacia la esperanza. También no sabríamos enamorar ni saber recibir lindos afectos. Y hay que recordar que la exageración sirve también para desproporcionar la realidad hacia intereses de falta de autoestima, sirve para la debilidad de quien necesita poder para validarse, sirve para llamar la atención ante la carencia de importancia personal, y sobretodo, sirve para timar cuando necesitamos que otros centren su atención en nuestros asuntos y no en otros ajenos a nuestros intereses.

Son tiempos de exageración, donde la madurez nos enseña a separar la belleza poética de la realidad pura y dura, donde los adornos impiden ver la esencia, o la distracción impide ver lo importante. Y estos días, más que nada, la exageración nos engaña al ver la distorsión de nuestras explicaciones internas que chocan con la realidad que impone sus condiciones. La exageración nos ciega cuando necesitamos la nitidez para aclarar asuntos que son fundamentales para las decisiones del mañana. Y sin ser una advertencia, la exageración es una herramienta poética que puede ser usada en dos sentidos, prefiriendo siempre los sueños exagerados para el entusiasmo, que harán de balance para conseguir la nitidez, y así saber poner los versos para dar belleza y vivir nítidos y claros en la realidad, que tiene sus reglas y leyes muy bien descritas antes de que naciéramos.

Exageramos para tomar aire ante la rutina, y exageramos para resaltar la belleza o el asombro de lo que nos rodea. También, exageramos para no ver lo esencial y, sin ocultar la fealdad y rudeza de la realidad, exageramos para mentirnos y así poder contornear el mal tiempo el pronóstico no tan favorable que podemos intuir.

Pero sobretodo, exagerar hace que podamos llevar dentro de nosotros una propia creencia de paz y esperanza que, muchas veces sin ser cierta, preferimos aquel sueño posible exagerado con poca prudencia, que la negatividad que nos repetimos como una letanía de mala suerte y condena que no nos deja salir del mismo espacio donde conviven exitosos y fracasados, donde los primeros soñaron su ambición, y los segundo frenaron antes de tiempo para quedarse en la desdicha y la frustración de lo que previamente decidieron negar.