Nada más sagrado que la mejor y nítida versión que se posa frente a nuestros ojos. Y es ese claro del amanecer -después de la noche oscura- cuando volvemos a reconocer los objetos, los libros, las plantas y el paisaje. Agradecemos ese amanecer no sólo por el día más, sino por el poder tener claridad que espanta los supuestos y confirma algunas creencias, separándolas de los engaños. Allí estamos frente a lo rotundo que nos dicta una sentencia que sólo murmuramos con la razón a medias para la espera de la otra mitad. ¿Cómo se llama eso que se revela? Claridad.
En días donde, en medio de obstáculos, discusiones innecesarias, dudas y demasiadas preguntas, llega ese momento de alta definición, donde el silencio o la pausa revela su versión, poniendo delante de nosotros la invitación a saltar de lo anterior para lo desconocido como un claro y nuevo destino.
Y no son tiempos para arrepentirse, aunque podemos arrepentirnos de llegar a este límite, porque preferimos los discursos y profecías del pasado, sólo porque la conocemos, descartando lo que nos saca del brillo y la platea, nos posterga de talentos, nos jubila del rol activo, para ponernos en la entrada donde somos parte de la multitud que camina y busca nuevos mapas y tesoros.
Es deliciosa esa sensación de saber que lo anterior muestra sus límites saliendo del territorio donde podríamos enloquecer, para librarnos de lo que no es, para caminar por donde ordenaremos de otras maneras el presente y sentiremos que hay novedades, hay fortunas y tesoros, hay alegres contextos donde no tenemos que ser los actuados frente al espejo. Sólo tenemos que ser nosotros, los auténticos, los sin ensayo, los puros. Seremos los que llegamos con nuestros asuntos y veremos si necesitamos tramitarlos o dejarlos de lado para jugar y vivir de la manera como se vive y se juega en este nuevo peldaño de la vida.
Podemos llorar lo perdido. Sí, podemos. Pero es un adiós a lo que nos dio cariño y esperanza, celebraciones y luces en algunos altares. Ahora, luego de limpiar la emoción de lo vivido, ponemos el rostro al viento para caminar por el camino que se nos invita, a beber el agua que se nos ofrece, a dar lo que hemos aprendido y a aprender lo que tenemos que aprender.