Soñar las respuestas

Te saludo y agradezco que puedas leer estas letras que pretenden contarte lo que siento y pienso del momento, pero sobretodo, entregarte una gota de optimismo ante la falta de alegría en cada acto, porque -no se si lo notas también-, las personas dejaron de caminar con una sonrisa, y dejaron de hacer sus asuntos sostenidos en una esperanza. Podemos tener expectativas y ambiciones, pero nos pesa la esperanza. Todo se hace a cambio de algo, esa receta incómoda que va pesando y debilitando la frágil condición de optimismo con que vivimos alguna vez ¿Por qué dejamos de confiar y ser optimistas? Probablemente -creo yo-, porque dejamos de creer en los sueños; y a su vez, seguimos esperando que llegue aquello que dice nuevo, pero en verdad lo habíamos olvidado… por eso dura tan poco lo novedoso y es tan largo el olvido.

Son días para soñar de noche, y que el sueño hable con el futuro a través de los símbolos de tus recuerdos conscientes e inconscientes. Tenemos la rareza de ver y sentir en sueños el contorno de nuestras indecisiones y temores que podrían ofrecernos la voluntad de decidir a la mañana siguiente. Esta semana, los sueños hablan de respuestas que vuelven del futuro a nuestra almohada, y luego a nuestra acción.

El optimismo no es una disciplina, sino una actitud de confiar que los asuntos se conducen por un camino con propósito. Pero desconfiamos porque no tienen la velocidad que queremos, ni menos la recompensa que esperamos. También, nos enseñaron de pequeños a sacrificarnos y esforzarnos tenazmente, cosa que los jóvenes de hoy no están dispuestos a vivir como sus padres. Me gusta apreciar aquello de esa generación: la negación a la condición de sacrificio a cambio de levedad y fantasía. Se lo enseñamos nosotros los ya grandes y adultos que por dar el ejemplo en el cansado mundo del falso éxito, creamos el efecto contrario.

Pero todo iba bien, hasta que -no sabría por qué-, todos perdimos el optimismo, al ser una actitud que exige demasiado esfuerzo para sostener lo imposible, negando el milagro y acortando las distancias en los tiempos de la satisfacción. Me llama la atención en los jóvenes cuando juegan videojuegos enfrentándose a la idea de la muerte, porque pueden reiniciar el juego las veces que quieran, dejando ese sabor a que el final sólo ofrece la posibilidad de comenzar otra vez y llegar un poco más lejos. ¿Eso es morir? No, pero han aprendido en esa pequeña distancia que de fracaso le sigue el intento placentero de comenzar otra vez para llegar lo más rápido posible a la satisfacción y el premio que, al estar en línea, pueden ser exitosos por unos segundos hasta la siguiente vez.

Fuera de la internet, fuera de los videojuegos, las redes sociales, los vicios y evasiones sociales, hemos perdido el optimismo, permitiendo la desconfianza, la duda, la inseguridad, la valoración personal y sobretodo, el optimismo de que nos conducimos por la confianza de llegar a ser otra vez capaces de ver nuestro propio valor.

¿Cómo volvemos al optimismo? Volvemos cuando decidimos que todo está bien. El bienestar es una decisión que se contagia por actitud más que por demostración. Es volver a creer que hay una cuota de imposible en medio de la vida que tenemos. Es ignorar las tristes razones que nos rodean y reemplazarlas por convicciones de fe personal. Perdimos la fe en nosotros porque alguien nos dijo que nos la regresarían en formatos de consumo, de éxito, de valoración y de aplausos, de admiración o de fama. Y justamente hace lo contrario. Aquella fracasada búsqueda de fama y éxito nos lleva a poner el templo sagrado de nuestro ser en los frágiles parroquianos que visitan nuestras obras ocasionalmente para luego ir a otro templo, dejándonos con la desolación de la desvalorización. Allí el optimismo se presenta como una creencia personal de conectar con el camino donde todo está bien y todo se ordena al tiempo que tenga que ordenarse. Sin desesperarse, el optimismo es una actitud que se construye con la certeza que sabes todo lo necesario para estar en paz, sin permitir que entre una gota de duda. A veces no damos importancia los encuentros casuales en la calle, en el barrio, en cualquier parte, no valoramos el saludo de los cotidianos, no sonreímos, no confiamos, no creemos en nosotros, porque creímos que alguien nos aplaudirá, alguien nos premiará, alguien nos recompensará.

Sólo tenemos nuestro optimismo, y está de nuestro lado, sólo si sabes sostener la alegría. A ver si consigues esta semana sonreír por 8 horas seguidas, y saludar, y tratar con amabilidad, y estar disponible, y ser generosos, y participar con disposición. Allí está el olvido, el olvidado optimismo que hará que el camino reconduzca la ruta que hemos olvidado.