¿Necesitamos ser impetuosos en tiempos donde todos estamos tensos? ¿Estamos tensos? Sí, estamos tensos porque confirmamos que las evoluciones hacia el futuro no serán familiares, sino más bien —y como siempre—, se transformará hacia situaciones que no hemos imaginado. Y eso no significa que sea malo, sino que seguimos confiando en que el futuro será como queremos. Será como se acomode según las personas con quien convivamos y en el contexto que se acomoda para que algo sea posible o imposible. Pero hay una necesidad de ser impetuosos, donde nos confundimos y confundimos a los demás. Tiempos de desafíos para separar lo que es cierto y esencial para cada uno, separado de lo que ya no es para nosotros, hace que nuestros colaboradores, nuestros amigos o nuestros aliados tomen rumbos o decisiones inesperadas que nos obligan a adaptarnos a las condiciones. Necesitaremos conversar con otros, y mucho, para escuchar cómo cada uno vive la transformación de su presente, y entender que no estamos ajenos. Siempre concluiremos que necesitamos ideas frescas, y conversar permite florecer la creatividad, la experiencia y la manera de cómo cada uno decide su siguiente paso. Se mueve lo que estaba estancado. Hay noticias acerca de asuntos que se daba por perdido. Nos vemos forzados a innovar y a florecer asuntos con los recursos que tenemos. Esto traerá suerte, porque trabajamos lo que somos, lo que creemos y lo que sentimos. Al amor necesitamos dejar en paz, y eso significa que sentimentalmente, estamos para escuchar y tal vez no ser escuchados. La frustración y las rabietas pueden destruir toda la tranquilidad conseguida. Si bien es un tiempo bueno, necesitamos tener mucho cuidado con los comportamientos impulsivos, radicales, iracundos o ensimismados, porque una palabra nacida desde nuestra torpeza puede destruir años de buena relación. Y al contrario, las nobles y gentiles creencias en la amistad nos ofrecen mesura y cautela al momento de recibir agresiones y malos entendidos. Nada es tan serio y nada es tan personal, ya que lo que cada uno dice del otro habla más de uno que del otro. Nada es tan como nos dicen, y nada es tan malo como se describe. Por otra parte, la tormenta de ego y de poderes en el mundo del poder, ayuda a transformar la realidad, haciendo que se acelere los procesos de redefinición de fronteras, donde las intenciones de un líder es invadir las intenciones del otro. No se busca la expansión, sino el reconocimiento de quién es mejor, quién tiene más poder, quién tiene más habilidad, o quién tiene más destreza. Esto hace que las jefaturas, los líderes corporativos, los gobernantes y las personas con influencia en grupos humanos, quieran manifestar la necesidad de que son fundamentales y que necesitan reconocimiento. El ego hace perder el sentido de balance, y sobretodo, desconecta de la realidad. Quien se siente poderoso, posiblemente corre el riesgo de perder el sentido de realidad y del centro, alejándose de los reales asuntos que se viven, asumiendo un riesgo de deterioro de su gestión. Probablemente, estamos en presencia del final de una forma de gobernar, para a través del caos, entrar en otra forma, que no es ni mejor ni peor, sino diferente.
